Novela en Española     [TesoroIsla]   [RobinsonCrusoe]   [RobinHood]   [TomSawyer]   [HuckleberryFinn]   [SwissFamilyRobinson]   [TesoroIsla_0]   [Crusoe_0]  

日本語で書かれた小説     [TesoroJ]   [TesoroJ_0]  


TÍTULO : La isla del Tesoro
    (Modern Version)

AUTOR : Robert L. Stevenson

Capítulo 1
Y el viejo marinero llegó a la posada del "Almirante Benbow".
El señor Trelawney, el doctor Livesey y algunos otros caballeros me han pedido que escriba todo lo relacionado con la Isla del Tesoro, sin omitir ningún detalle, aunque sin mencionar la ubicación de la isla, ya que aún quedan allí riquezas enterradas. Por eso tomo la pluma en este año de gracia de 17... y mi memoria me lleva al tiempo en que mi padre era dueño de la posada "Almirante Benbow", y un viejo marinero curtido, con una cicatriz de sable cruzándole el rostro, vino a buscar refugio bajo nuestro techo.
Lo recuerdo como si fuera ayer. Llegó a la puerta de la posada tambaleándose como un barco y arrastrando tras de sí, en una especie de camilla, su cofre de marinero. Era un hombre alto, fuerte y macizo, con la piel tostada como el bronce viejo por los océanos. Su coleta embreada le caía sobre los hombros de una chaqueta que había sido azul. Tenía las manos agrietadas, llenas de cicatrices, con las uñas negras y rotas. La cicatriz blanca del sable le cruzaba la mejilla como una costura siniestra. Lo veo otra vez, mirando la ensenada mientras silbaba, y de pronto empezó a cantar aquella antigua canción marinera que luego le oiría tantas veces:
"Quince hombres en el cofre del muerto...
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Y una botella de ron."
Con aquella voz ronca que parecía afinada en las barras del cabrestante. Golpeó la puerta con un palo, una especie de asta de bichero en la que se apoyaba, y cuando mi padre salió, le pidió sin rodeos que le sirviera un vaso de ron. Cuando se lo trajeron, lo bebió despacio, como un catador, chasqueando la lengua y mirando a su alrededor, hacia los acantilados, y luego la enseña que se balanceaba sobre la puerta de nuestra posada.
-Es una buena rada -dijo entonces-, y una taberna bien situada. ¿Viene mucha gente por aquí, eh, compañero? Mi padre respondió que no, que por desgracia eran pocos los clientes. -Bueno, entonces aquí me quedaré. ¡Eh, tú, compadre! -le gritó al hombre que arrastraba la camilla-. Atraca aquí y ayúdame a subir el cofre. Me hospedaré unos días -continuó-. Soy un hombre sencillo; ron, tocino y huevos es todo lo que quiero, y esa roca de allá arriba, para ver pasar los barcos. ¿Que cómo me llamo? Llámame capitán. Y, ¡ah!, casi lo olvido, perdón, camarada... -y tiró tres o cuatro monedas de oro sobre el umbral-. Me avisas cuando me haya gastado ese dinero -dijo con la voz de quien está acostumbrado a mandar en un barco.
Y la verdad, a pesar de su ropa desgastada y su lenguaje rudo, no parecía un simple marinero, sino más bien un piloto o patrón acostumbrado a ser obedecido. El hombre que traía la camilla nos dijo que lo había visto esa misma mañana bajarse de la diligencia frente al "Royal George" y que allí había preguntado por las posadas abiertas a lo largo de la costa. Supongo que le dieron buenas referencias de la nuestra, sobre todo por lo solitario del lugar, y por eso la eligió para quedarse. Eso fue todo lo que supimos de él.
Era un hombre reservado y taciturno. Durante el día deambulaba por la ensenada o los acantilados con un catalejo de latón bajo el brazo; por la noche solía sentarse junto al fuego en un rincón, bebiendo ron fuerte con un poco de agua. Casi nunca respondía cuando alguien le hablaba; solo levantaba la cabeza y resoplaba por la nariz como un cuerno de niebla. Por eso, tanto nosotros como los clientes habituales pronto aprendimos a no dirigirle la palabra. Cada día, al volver de su paseo, preguntaba si había pasado algún hombre con aspecto de marinero. Al principio pensamos que echaba de menos la compañía de gente de su oficio, pero luego comprendimos que lo que quería era precisamente evitarla. Cuando algún marinero entraba en el "Almirante Benbow" -como a veces hacían quienes viajaban hacia Bristol por la carretera costera- él espiaba desde la puerta de la cocina, oculto tras las cortinas, y se quedaba mudo como un muerto si había forasteros. Yo era el único que comprendía su comportamiento, porque en cierto modo compartía su inquietud. Un día me llamó aparte y me prometió cuatro peniques de plata cada primero de mes si "me mantenía atento y le avisaba si veía llegar a un marinero con una sola pierna". Muchas veces, cuando llegaba el día convenido y yo le reclamaba lo pactado, me gruñía con tal furia que me hacía temblar, pero antes de acabar la semana parecía recapacitar, me daba mis cuatro peniques y me repetía la orden de estar alerta ante la llegada "del marinero con una sola pierna".
No hace falta decir que mis sueños empezaron a poblarse de las imágenes más horribles de ese mutilado. En las noches de tormenta, cuando el viento sacudía la casa hasta los cimientos y las olas rugían en la cala chocando contra los acantilados, se me aparecía con mil formas distintas y los rostros más diabólicos. A veces tenía la pierna cortada por la rodilla, otras por la cadera; en ocasiones era una criatura monstruosa con una sola pierna que le salía del centro del cuerpo. En la peor de mis pesadillas lo veía correr detrás de mí, saltando vallas y zanjas. A decir verdad, ¡qué caros pagué esos cuatro peniques con tan espantosas visiones!
Pero, aun aterrorizado por la imagen del marinero de una sola pierna, era quizá yo, de todos los que trataban al capitán, el que menos miedo le tenía. En las noches en que bebía más ron del que su cabeza podía soportar, cantaba sus viejas canciones marineras, impías y salvajes, ajeno a todos los que lo rodeábamos. A veces pedía una ronda para todos y obligaba a los aterrados clientes a escuchar sus historias y a corear sus canciones. Cuántas noches sentí temblar la casa con su "¡Ja, ja, ja! ¡Y una botella de ron!", que todos trataban de acompañar a gritos, no por gusto, sino por miedo a su furia. Porque cuando entraba en esos arrebatos era el más terrible de los contertulios: golpeaba la mesa con el puño para imponer silencio y estallaba de ira tanto si lo interrumpían como si no, convencido de que nadie lo escuchaba con el debido interés. Tampoco permitía que nadie abandonara la posada hasta que él, borracho y tambaleante, se levantaba soñoliento y se dirigía a su cama.
Y aun así, lo que más espantaba a la gente eran sus historias. Relatos espeluznantes llenos de ahorcados, condenados que "pasaban por la plancha", tormentas en alta mar, leyendas de la Isla de la Tortuga y otros parajes siniestros de la América Española. Según decía, había pasado su vida entre los más crueles hombres que Dios haya lanzado al mar, y el lenguaje con que hablaba de ellos escandalizaba tanto como los crímenes que describía. Mi padre afirmaba que ese hombre sería la ruina de la posada, porque nadie vendría a soportar humillaciones para acabar la noche temblando de miedo. Pero yo creo que, en el fondo, nos beneficiaba. Los clientes, aunque al principio se asustaban, luego encontraban cierto placer. Era una fuente de emociones en medio de la calma de la comarca. Incluso algunos jóvenes lo admiraban y lo llamaban "un verdadero lobo de mar" o "viejo tiburón" y decían que hombres como él habían hecho grande a Inglaterra en el mar.
Aun así, hizo todo lo posible por arruinarnos. Semana tras semana, mes tras mes, siguió hospedado bajo nuestro techo, aunque hacía mucho que ya se le había acabado el dinero. Cuando mi padre reunía el valor para exigirle algún pago más, el capitán gruñía de un modo inhumano y lo miraba con tal fiereza, que mi pobre padre salía huyendo, temblando. Muchas veces lo vi, tras una escena así, retorcerse las manos de desesperación, y estoy seguro de que la rabia y el miedo que sufrió durante ese tiempo contribuyeron a su prematura y triste muerte.
Durante todo el tiempo que vivió con nosotros, el capitán no cambió de ropa, salvo por unas medias que compró a un buhonero. Un día se le desprendió un ala del sombrero, y así se quedó, colgando, a pesar del viento. Todavía recuerdo el lamentable estado de su vieja casaca, que él mismo remendaba en su cuarto, hasta que ya no era más que un montón de parches. Nunca escribía cartas, ni recibía. No hablaba con nadie, salvo con algunos vecinos, y solo cuando estaba bastante borracho. Nunca logramos ver su cofre de marinero abierto.
Solo una vez alguien se atrevió a enfrentarse a él, y fue ya cerca del final, cuando también la salud de mi padre se deterioraba por la enfermedad que acabó con su vida. El doctor Livesey había llegado al atardecer para visitar a mi padre. Después de tomar un refrigerio, pasó a la sala a fumar una pipa mientras traían su caballo desde el caserío, ya que en la vieja "Benbow" no teníamos establo. Yo entré con él, y recuerdo bien cuánto me llamó la atención el contraste entre el aseado doctor, con su peluca empolvada, sus ojos negros brillantes y sus modales exquisitos, y nuestros rústicos vecinos. Pero sobre todo, el contraste con aquel espantapájaros sucio y legañoso que era el capitán, echado sobre la mesa y atontado por el ron. De pronto, el capitán alzó la vista y comenzó a cantar:
"Quince hombres en el cofre del muerto.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Y una botella de ron!
El ron y Satanás se llevaron al resto.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Y una botella de ron."
Al principio yo había pensado que el "cofre del muerto" era aquel gran baúl que estaba en el cuarto de arriba, y esa idea se mezclaba en mis pesadillas con la imagen del marinero de una sola pierna. Pero a esas alturas de la historia ya no prestábamos mucha atención a la canción; solo era una novedad para el doctor Livesey, al que, por cierto, no le gustó nada. Vi cómo alzaba la mirada con enojo, aunque siguió conversando con el viejo Taylor, el jardinero, sobre un nuevo remedio para el reumatismo. Mientras tanto, el capitán comenzaba a animarse con su propia música y terminó golpeando la mesa con fuerza, una señal que todos conocíamos bien y que significaba que quería silencio. Todas las voces se callaron, excepto la del doctor Livesey, que siguió hablando con voz clara y amable, sin inmutarse, mientras daba largas caladas a su pipa
El capitán fijó entonces una mirada furiosa en él, dio un nuevo manotazo en la mesa y con el más bellaco de los vozarrones gritó:
"¡Silencio en cubierta!"
"¿Os dirigís a mí, caballero?" -preguntó el médico. Y cuando el rufián, mascullando otro juramento, le respondió que así era, el doctor Livesey replicó-: "Solamente he de deciros una cosa: que, si continuáis bebiendo ron, el mundo se verá muy pronto a salvo de un despreciable forajido."
La furia que estas palabras despertaron en el viejo marinero fue terrible. Se levantó de un salto y sacó su navaja, se escuchó el ruido de sus muelles al abrirla y, balanceándola sobre la palma de la mano, amenazó al doctor con clavarlo en la pared.
El doctor no se inmutó. Continuó sentado y le habló así al capitán, por encima del hombro, elevando el tono de su voz para que todos pudieran escucharle, perfectamente tranquilo y firme:
"Si no guardáis ahora esa navaja, os prometo, por mi honor, que en el próximo Tribunal del Condado os haré ahorcar." Durante unos instantes los dos hombres se retaron con las miradas, pero el capitán amainó, se guardó su arma y volvió a sentarse gruñendo como un perro apaleado.
"Y ahora, señor" -continuó el doctor-, "puesto que no ignoro su desagradable presencia en mi distrito, podéis estar seguro de que no he de perderos de vista. No sólo soy médico, también soy juez,"
"y, si llega a mis oídos la más mínima queja sobre vuestra conducta, aunque sólo fuera por una insolencia como la de esta noche, tomaré las medidas para que os detengan y expulsen de estas tierras. Basta."
Al poco rato trajeron hasta nuestra puerta el caballo del doctor Livesey, y éste montó y se fue; el capitán permaneció tranquilo aquella noche y he de decir que otras muchas a partir de ésta.

Capítulo 2
La aparición de "Perronegro"
Poco después de los sucesos que acabo de narrar tuvo lugar el primero de los misteriosos acontecimientos que acabaron por librarnos del capitán, aunque no, como ya verá el lector, de sus intrigas. Fue aquel invierno un invierno en que la tierra permaneció cubierta por las heladas y azotada por los más furiosos vendavales. Nos dábamos cuenta de que mi pobre padre no llegaría a ver la primavera; día a día empeoraba, y mi madre y yo teníamos que repartirnos el peso de la hostería, lo que por otro lado nos mantuvo tan ocupados que difícilmente reparábamos ya en nuestro desagradable huésped.
Recuerdo que fue un helado amanecer de enero. La ensenada estaba cubierta por la blancura de la escarcha, la mar en calma rompía suavemente en las rocas de la playa y el sol naciente iluminaba las cimas de las colinas, resplandeciendo en la lejanía del océano. El capitán había madrugado más que de costumbre y se fue hacia la playa con su andar hamacado, oscilando su cuchillo bajo los faldones de su andrajosa casaca azul, el catalejo de latón bajo el brazo y el sombrero echado hacia atrás. Su aliento, al caminar, iba dejando nubecillas blanquecinas. Al desaparecer tras un peñasco, profirió uno de aquellos gruñidos que tan familiares me eran, como si en ese momento recordara con indignación al doctor Livesey.
Mi madre estaba arriba, velando a mi padre; yo atendía mis quehaceres y preparaba la mesa para cuando regresara el capitán. Entonces se abrió la puerta y apareció un hombre al que jamás antes había visto. Pálido, con la blancura del sebo; vi que le faltaban dos dedos en la mano izquierda, pero, aunque le colgaba un machete, no parecía un hombre pendenciero. Yo, que estaba siempre pendiente de cualquier marino, tanto con una como con dos piernas, recuerdo que me sentí desconcertado, pues aquel visitante no parecía hombre de mar, pero algo en él olía a tripulación.
Le pregunté en qué podía servirle, y dijo que quería beber ron; pero, cuando iba a traérselo, se sentó sobre una mesa y me hizo una seña para que me acercara. Me quedé quieto donde estaba con el paño de limpieza en las manos.
"Acércate, hijo" -me llamó-. "Acércate."
Yo di un paso hacia él.
"¿Esa mesa que está ahí preparada no será para mi compadre Bill?" -me preguntó con aire burlón.
Le dije que no conocía a su compadre Bill; que aquella mesa estaba dispuesta para otro huésped a quien llamábamos el capitán. "Bien" -dijo-, "eso le gusta a mi compadre Bill, que le llamen capitán. Pero si el que dices tiene una cicatriz grande en un carrillo y da gusto ver lo fino que es, sobre todo cuando está borracho, ése es mi compadre Bill. Además, vamos a ver, si tu capitán tiene una cuchillada en la mejilla... ¿no será además en el lado derecho? ¡Ah, ya decía yo! Así que... ¿está aquí mi compadre Bill?"
Le contesté que se encontraba fuera, dando uno de sus paseos. "¿Por dónde, hijo? ¿Por dónde ha ido?"
Le indiqué la playa y le dije por dónde podría regresar el capitán y lo que aún tardaría, y, después que respondí a otras de sus preguntas, me dijo:
"Ah... Verme le va a sentar mejor que un trago de ron a mi compadre Bill."
La expresión de su cara al decir esto no me pareció muy agradable, por lo que pensé que el forastero no decía la verdad. Pero pensé que no era asunto mío; y, además, tampoco podía yo hacer nada. El hombre salió y se apostó en la entrada de la hostería, acechando como gato que espera al ratón. Cuando se me ocurrió salir a la carretera, me ordenó que entrase inmediatamente, y, como no obedecí con la presteza que él esperaba, un cambio terrible se produjo en su rostro blanquecino y profirió un juramento tan terrible que me heló el alma. Entré rápidamente en la posada y él entonces se me acercó, recobrando su aire zalamero, y dándome una palmadita en el hombro me dijo que yo era un buen muchacho y que se había encariñado conmigo.
"Tengo yo un hijo" -me contó- "que se parece a ti como una gota de agua a otra y que es el orgullo de mi corazón. Pero los muchachos necesitáis disciplina, hijo, disciplina. Si tú hubieras navegado con mi compadre Bill, no necesitarías que te lo dijera dos veces para entrar en casa, no... No eran esas las costumbres de Bill ni de los que navegaban con él. ¡Pero, mira! ¡Ahí viene! Con su catalejo bajo el brazo. Es mi compadre Bill. ¡Bendito sea! Tú y yo vamos a meternos dentro, hijo, y nos esconderemos tras la puerta; vamos a darle a Bill una buena sorpresa. ¡Dios lo bendiga!"
Y diciendo esto, entró conmigo en la hostería y me ocultó tras él, junto a la puerta. Yo estaba, como es de suponer, inquieto y alarmado, y el miedo que sentía aumentaba al ver que el forastero también daba muestras de temor. Acarició la empuñadura de su machete y empezó a sacarlo de su vaina, y todo el tiempo que estuvimos aguardando no dejó de tragar saliva, como si tuviera, como suele decirse, un nudo en la garganta.
Por fin entró el capitán, cerró la puerta de golpe y, sin desviar su mirada, se dirigió a grandes zancadas hacia su mesa.
"¡Bill!" -llamó el forastero, con una voz que pretendía ser firme y resuelta.
El capitán giró sobre sus talones y se nos quedó mirando; el color había desaparecido de su rostro y hasta su nariz se tornó lívida; tenía el aspecto del que ve a un aparecido o al mismo diablo o incluso algo peor, si es que existe; tanto me sobrecogió verlo así, porque fue como si en un instante envejeciera cien años.

-Vamos, Bill... Ya me conoces... ¿O es que no te acuerdas de tu viejo camarada? -dijo el forastero.
El capitán ahogó un grito de asombro y exclamó:
-¡"Perronegro"!
-¿Y quién si no? -contestó el otro, ya más tranquilo-. El mismo "Perronegro" de siempre, que viene a saludar a su antiguo camarada Bill en la posada del "Almirante Benbow". Ah, Bill, Bill... ¡Las cosas que hemos visto los dos desde que yo perdí estos garfios! -y levantó su mano mutilada.
-Está bien -dijo el capitán-, al fin me has pillado, ya me tienes; bien, echa fuera lo que tengas que decir. ¿Qué quieres?
-Siempre el mismo, ¿eh, Bill? -respondió "Perronegro"-. Tienes toda la razón. Ahora este buen mozalbete nos va a traer un trago de ron y vamos a sentarnos, ¿quieres?, y vamos a charlar mano a mano, como viejos camaradas.
Cuando yo regresé con el ron, estaban los dos sentados en la mesa del capitán, uno frente al otro. "Perronegro" se había situado cerca de la puerta y con la silla algo separada de la mesa, como para poder al mismo tiempo vigilar a su antiguo compinche y, supongo, tener pronta la huida.
Me mandó que me retirase y que dejara la puerta abierta de par en par, y añadió:
-No se te ocurra espiar por el ojo de la cerradura, hijo-. Así que, dejándolos solos, me retiré.
Durante largo rato, y aunque me esforcé por escuchar, no pude entender más que apagados susurros; pero después empecé a oír sus voces, cada vez más altas, y entonces pesqué alguna palabra, principalmente juramentos del capitán:
-¡No, no, no, no! ¡Y basta! -gritaba-. ¡Si hay que acabar colgados, a la horca todos! -chilló.
Y de repente estalló en juramentos horribles y escuché ruido de golpes; la mesa y las sillas rodaban por el suelo con gran estrépito; oí chocar de aceros y un instante después vi a "Perronegro" huir despavorido y al capitán corriendo tras él, los dos con los machetes en la mano, y vi que el hombro de "Perronegro" manaba sangre. Ya en la puerta el capitán descargó sobre el fugitivo un tajo tan tremendo, que, de haberlo alcanzado, lo hubiera abierto en canal, pero gracias a que el cuchillo chocó con la muestra de la hostería que colgaba en el portal. Todavía puede verse la muesca en el lado inferior del marco.
Aquel golpe fue el último de la pelea. Cuando pudo llegar a la carretera, "Perronegro", a pesar de su herida, demostró saber correr y desapareció tras la colina en medio minuto. El capitán, por su parte, miró la muestra como aturdido. Se pasó varias veces la mano por sus ojos, y después volvió a entrar en la casa.
-Jim! -gritó-, ¡ron! -; y al pedírmelo, se tambaleó un poco y trató de sostenerse apoyándose en la pared.
-¿Estáis herido? -exclamé.
-Ron... -me pidió de nuevo-. He de huir de aquí... ¡Ron! ¡Ron!
Corrí a traérselo, pero estaba tan impresionado por todo lo que había visto, que rompí un vaso y averié el grifo, y, mientras trataba de calmarme, oí el golpe de un cuerpo al caer al suelo; corrí entonces hacia la habitación donde había dejado al capitán y allí me lo encontré tirado cuan largo era. En ese instante mi madre, alarmada por los gritos y la pelea, acudió presurosa en mi ayuda. Entre los dos tratamos de levantar al capitán, que resollaba fuerte y estertóreamente; tenía los ojos cerrados y en su rostro el color de la muerte.
-¡Pobre de mí! -gritaba mi madre-. ¡La desgracia se ceba en esta casa! ¡Y con tu pobre padre tan enfermo!
No teníamos ni idea de qué hacer para auxiliar al capitán, lo único que se nos ocurría es que había sido herido de muerte en la pelea con el forastero. Traje, por si acaso, el ron y traté de hacérselo beber, pero tenía los dientes apretados y la boca encajada, como si fuera de hierro. En ese instante, y con gran alivio por nuestra parte, se abrió la puerta y vimos entrar al doctor Livesey, que venía a visitar a mi padre.
-¡Doctor! -exclamamos-. ¡Ayúdenos! ¡No sabemos si está muerto!
-¿Muerto? -dijo el doctor-. No más que uno de nosotros. Este hombre no tiene sino un ataque, que por cierto ya le advertí. Y ahora, señora Hawkins, vuelva usted al lado de su esposo, y, si es posible, que no se entere de nada de esto. Yo, como es mi obligación, trataré de salvar la despreciable vida de este tunante. Jim -me indicó-, haz el favor de traerme una jofaina.
Cuando volví con lo que me había pedido, el doctor había cortado de arriba hasta abajo una manga del capitán, dejando al descubierto su enorme brazo nervudo, sobre el que se veían varios tatuajes; en el antebrazo, con gran claridad, leímos: "Mía es la suerte", y "Viento en las velas", y "Billy Bones es libre", y más arriba, junto al hombro, veíase una horca con un hombre colgado; el dibujo estaba trazado con cierta gracia.

-¡Profético! -dijo el doctor, señalando el dibujo-. Y ahora, señor Bones, si ése es su nombre, vamos a ver de qué color tiene usted la sangre. ¿Te asusta la sangre, Jim? -me preguntó.
-No, señor -respondí.
-Bueno, pues entonces -me dijo- sostén la jofaina. Y diciendo esto, cogió la lanceta y abrió una vena. La sangre fluyó abundantemente antes de que el capitán abriera los párpados y nos mirara con los ojos turbios. Primero reconoció al doctor y frunció el ceño; luego me vio a mí, y eso pareció tranquilizarlo. Pero de pronto su rostro se puso pálido y trató de incorporarse, gritando:
-¿Dónde está "Perronegro"? -Aquí no hay ningún "Perronegro" -dijo el doctor-, excepto el que lleváis en el pellejo. Habéis seguido bebiendo y os ha dado un ataque, tal como anuncié; y en este instante acabo, muy contra mi voluntad, de sacaros por los pelos de la sepultura. Y ahora, señor Bones...
-Yo no me llamo así -interrumpió el capitán.
-Tanto me da -replicó el doctor-. Es el nombre de un pirata del que he oído hablar; y así os llamo para abreviar. De cualquier forma, lo que tenía que deciros es tan sólo esto: un vaso de ron no os matará, pero le seguirá otro, y luego otro más, y apuesto mi peluca a que, si no lo dejáis, no tardaréis en morir, ¿está claro?, moriréis y acabaréis donde os corresponde, como dice la Biblia. Ahora, vamos, haced un esfuerzo y os ayudaré, por esta vez, a acostaros.
Entre el doctor y yo, con gran esfuerzo, conseguimos subirlo por la escalera y dejarlo en la cama, donde su cabeza cayó sobre la almohada como si todavía estuviera inconsciente.
-Y ahora, pensadlo bien -dijo el doctor-. Yo declino toda responsabilidad. Sólo el nombre del ron ya significa vuestra muerte. Y tomándome del brazo, salimos de la habitación para ir a ver a mi padre.
-No hay que temer -me dijo el doctor en cuanto cerró la puerta-. Le he extraído suficiente sangre como para que descanse tranquilo durante un tiempo; tendrá que quedarse aquí una semana, es lo mejor para todos; pero, sin duda, otro ataque podría acabar con él.

Capítulo 3
La Marca Negra
Hacia el mediodía me acerqué a la habitación del capitán, llevándole un refresco y medicinas. Se encontraba casi en el mismo estado en que lo habíamos dejado, aunque trató de incorporarse, pero su debilidad fue más grande que sus deseos.
Jim -me dijo-, tú eres la única persona en quien puedo confiar aquí; y bien sabes que siempre me porté bien contigo. Ni un mes he dejado de darte tus cuatro peniques de plata.
Ahora ya me ves, compañero, da grima verme, no tengo ánimos y estoy solo. Escucha, Jim, tráeme un cortadillo de ron... Vamos, camarada, ¿me lo traerás?
-El doctor... -intenté decirle.
Pero él rompió en juramentos y maldiciones contra el doctor con una voz que, aún apagada, no había perdido su vieja energía. -Los médicos son todos unos farsantes -voceó-, y ese vuestro, ése, ¿qué sabe de hombres de mar? Con estos ojos he visto tierras que abrasaban como la pez hirviendo, y a mis compañeros caer muertos como moscas con el vómito negro, y he visto la tierra moverse como la mar sacudida por terremotos... ¿Qué sabe el médico? Y te digo una cosa: fue el ron el que me hizo vivir. Él ha sido mi comida y mi agua, somos como marido y mujer. Y si me lo quitáis ahora, seré como un barco del que ya no queda más que un madero, que las olas entregan a la playa. Mi maldición caerá sobre ti, Jim, y sobre ese médico charlatán -y de nuevo prorrumpió en una sarta de juramentos-. Fíjate, Jim, en el temblor de mis dedos -continuó ya con un tono de súplica-. No se están quietos. No he bebido una gota en todo el santo día. Te digo que ese médico es un farsante. Si no echo un trago de ron, Jim, empezaré a tener visiones. Ya casi las tengo. Estoy viendo al viejo Flint allí en el rincón, detrás tuyo; y si empiezo a tener visiones, con la mala vida que he llevado, se me va a aparecer hasta Caín. El médico dijo que un vaso no me haría daño. Te daré una guinea de oro, si me traes un cortadillo, Jim.
Iba excitándose cada vez más y yo me alarmé a causa de mi padre, que había empeorado y necesitaba toda la quietud posible; además, las instrucciones del doctor habían sido terminantes, y también me sentía ofendido en cierta forma por el soborno que me proponía.
-No quiero vuestro dinero -le dije-, sino el que debéis a mi padre. Os traeré un vaso, sólo uno.
Cuando se lo traje, lo cogió ávidamente y lo bebió de un trago.
-Ah -suspiró-. Ya me siento mejor, no cabe duda. Y ahora, muchacho, ¿cuánto tiempo dijo el doctor que debía estar en esta condenada litera?
-Una semana, por lo menos -le contesté.
-¡Truenos! -exclamó-. ¡Una semana! Eso no puede ser. Para entonces ya me habrían pillado y me marcarían con "la Negra". Ahora mismo deben andar ya por ahí esos canallas husmeando mis huellas; gentuza que no han sabido guardar lo suyo y quieren poner sus garras en lo que es de otro. ¿Tú crees que eso es de hombres de mar? Yo he sido un espíritu precavido, nunca gasté mis buenos dineros ni los he perdido por ahí. Pero voy a estar más avizor que un timonel en su guardia. No les tengo miedo. Largaré velas y volveré a escapar.
Conforme me hablaba, iba tratando de incorporarse en la cama, aunque con mucha dificultad; se aferró a mi hombro clavándome los dedos con tal fuerza, que casi me hizo gritar de dolor, e intentó mover sus piernas, pero eran como un peso muerto. El vigor de sus palabras contrastaba lastimosamente con la apagada voz que las pronunciaba. Logró sentarse en el borde de la cama.
-Ese médico me ha matado -murmuró-. Me zumban los oídos. Recuéstame.
Pero antes de que pudiera ayudarlo se desplomó sobre el lecho permaneciendo un rato en silencio.
Jim -dijo al rato-, ¿te fijaste bien en ese marino?
-"¿Perronegro?" -pregunté.
-Ah... "Perronegro" -dijo él-. Es un tipo de cuidado, pero aún son peores los que lo enviaron. Escucha, si yo no puedo escapar, si ésos consiguen marcarme con "la Negra", acuérdate de que lo que andan buscando es mi viejo cofre. Coge un caballo. ¿Sabes montar, no? Bien, pues, entonces, monta, y corre... sí, ¡hazlo!, avisa a ese maldito médico tuyo, y dile que junte a todos, que venga con un juez y con agentes... Dile que puede atraparlos a todos, aquí, a bordo de la "Almirante Benbow"... toda la tripulación del viejo Flint, todos... lo que queda de ella. Yo era el segundo de a bordo, el primero después de Flint, y soy el único que conoce dónde está lo que buscan. Me lo confió en Savannah, cuando se estaba muriendo, lo mismo que hago yo ahora contigo. Pero tú no abrirás el pico. Solamente si consiguieran pescarme, si me marcan con "la Negra", o si vieras otra vez a "Perronegro", o a un marino con una sola pierna, Jim... Ese sobre todo.
-Pero ¿qué es la Marca Negra, capitán? -pregunté.
-Es un aviso, compañero. Ya la verás, si me marcan. Pero ahora tú abre bien los ojos, Jim, y te juro por mi honor que iremos a partes iguales. -Todavía siguió divagando durante un rato, su voz fue debilitándose, y, cuando le hice beber su medicina, que tomó como un niño, me dijo-: Si ha habido un marino con necesidad de estas drogas, ése soy yo... -y se durmió profundamente.
No sé qué hubiera hecho yo de resolverse bien todos los acontecimientos; quizá le habría contado al doctor aquella historia, porque sentía miedo de que, si el capitán se recobraba, pudiera olvidar su promesa y tratara de liberarse de mí. Mas sucedió que aquella misma noche mi padre murió repentinamente, lo que hizo que dejaran de tener importancia las demás preocupaciones. El dolor que nos embargaba, las visitas de nuestros vecinos, la preparación del funeral y atender al mismo tiempo a todos los quehaceres de la hostería me mantuvieron tan ocupado, que apenas tuve pensamientos para el capitán y aún menos para sus intrigas.
A la mañana siguiente lo vi bajar al comedor, y comió como de costumbre, aunque poco, pero me temo que sí bebió más ron del que solía, pues él mismo se encargó de servirse a su gusto y con tal aire amenazador y tales bufidos, que ninguno de los presentes osó recriminarlo. La noche antes del funeral estaba tan borracho como siempre y no respetó el duelo que nos acongojaba, sino que le escuchamos cantar su odiosa y vieja canción marinera. Aunque aún se le veía muy débil, todos lo temíamos, y tampoco estaba el doctor, quien después de la muerte de mi padre había tenido que acudir a un enfermo a muchas millas de distancia. Ya he dicho cuán débil parecía el capitán, y a lo largo de la noche incluso pareció ir apagándose lentamente aún más. Subía y bajaba las escaleras con mucha fatiga, iba de una habitación a la otra y de vez en cuando asomaba las narices a la puerta como para oler el mar, luego volvía apoyándose en los muros y respirando trabajosamente como el que sube por una montaña. No parecía reparar en mí y creo firmemente que se había olvidado por completo de sus confidencias; su temperamento, veleidoso, más fuerte que su falta de vigor, le arrastraba a violentas actitudes, y no era la más tranquilizadora su costumbre de desenvainar su largo cuchillo, cuando más ebrio estaba, y ponerlo delante de él sobre la mesa. Pero, a pesar de todo, no prestaba mucha atención a la gente y parecía sumido en sus meditaciones e incluso como perdido en ellas. De pronto, con gran asombro nuestro, empezó a cantar una canción que jamás le habíamos escuchado, una especie de canción de amor campesina, que debía recordarle su juventud antes de hacerse a la mar.
Así siguieron las cosas hasta un día después del funeral, cuando a eso de las tres de una tarde cerrada por la más helada niebla, al asomarse a la puerta, vi lejos en el camino a alguien que se acercaba despacio. Sin duda se trataba de un ciego, porque iba tanteando el suelo con un palo y llevaba un gran parche verde, que le tapaba los ojos y la nariz; caminaba encorvado como por la edad o el cansancio y se cubría con un enorme capote de marino, viejo y desastrado, con una capucha que le daba un aspecto deforme. En mi vida había visto yo una figura más siniestra. Cuando llegó ante la hostería, se detuvo y, alzando una voz que parecía salir de un muerto, habló como dirigiéndose a la niebla que lo envolvía:
-¿No habrá un alma piadosa que le diga a este pobre ciego que ha perdido la preciosa luz de sus ojos en defensa de Inglaterra, y que Dios bendiga al rey George!, en qué lugar de su patria se encuentra?
-Estáis en la posada del "Almirante Benbow", junto a la bahía del Cerro Negro, buen hombre -le dije.
-Oigo una voz -dijo él-, la voz de un mozo. ¿Quieres darme tu mano, mi generoso amigo, y llevarme adentro?
Le tendí mi mano, y aquel ser horrible, blando como la niebla y sin ojos, la asió de pronto, apretándome como una tenaza. Yo me asusté tanto, que intenté soltarme, pero el ciego, dando un tirón, me arrastró tras él.
-Ahora, muchacho -me dijo-, vas a llevarme adonde está el capitán. -Señor -le supliqué-, no puedo.
-¿No? -dijo con sorna-. ¿De veras? ¡Llévame o te rompo el brazo!
Y al decirlo, me retorció con tal violencia, que grité de dolor. -Señor -le dije-, es por vuestro bien. El capitán ya no es el que era. Tiene siempre su cuchillo delante. Otro caballero... -¡No repliques! ¡Vamos! -dijo interrumpiéndome; y jamás he oído una voz tan cruel, fría y estremecedora como la de aquel ciego. Esto me atemorizó aún más que el propio dolor, y no tuve más remedio que obedecerlo al instante. Lo conduje directamente hasta la puerta de la sala, donde nuestro viejo y enfermo bucanero estaba sentado adormecido por el ron. El ciego seguía pegado a mí, sujetándome con una mano de hierro y apoyando todo su peso sobre mis hombros.
-Llévame derecho a su lado y, cuando lleguemos, grita: "Aquí está su amigo, Bill". Si no obedeces... -y volvió a retorcerme el brazo con tal fuerza, que creí desmayarme.
Todo esto hizo que el miedo al ciego fuera mayor que el que sentía por el capitán, así que abrí la puerta de la sala, entré y dije con voz trémula lo que se me había ordenado.
El capitán levantó los ojos y una sola mirada bastó para disipar los efectos del ron y para que recobrase su lucidez. Se quedó atónito. La expresión de su cara no era tanto de terror como de un mortal abatimiento. Intentó levantarse, pero no creo que le quedaran suficientes fuerzas ya en su cuerpo.
-Quédate donde estás, Bill -dijo el mendigo-. No puedo ver, pero mi oído siente un solo dedo que se mueva. Vamos al negocio. Alarga la mano izquierda. Muchacho -me llamó-, sujétale la mano por la muñeca y acércamela, ponla en la mía.
Lo obedecí al pie de la letra, y vi que el ciego pasaba algo del hueco de la mano en que tenía el palo a la palma de la del capitán, que inmediatamente apretó aquello que le habían entregado.
-Y ahora ya está hecho -dijo el ciego. Y diciéndolo, me soltó de pronto y con una increíble seguridad y ligereza salió de la habitación y ganó la carretera, donde, y antes siquiera de que yo pudiera reaccionar, ya escuché el toc toc toc de su báculo en la lejanía.
Pasó algún tiempo antes de que el capitán y yo volviésemos de nuestro estupor; entonces, y casi al mismo tiempo, solté yo su muñeca, que aún tenía sujeta, y él acercó la mano a sus ojos y contempló lo que en su palma aferraba.
-¡A las diez! -gritó-. ¡Faltan seis horas! ¡Aún podemos salvarnos!
Y se levantó como un rayo.
Y en ese mismo instante, de golpe, vaciló, se llevó la mano a la garganta, permaneció unos segundos como un barco escorándose y después, con un extraño gemido, cayó al suelo cuan largo era.
Me precipité a socorrerlo, mientras llamaba a voces a mi madre. Pero todo fue inútil. El capitán había muerto atacado por una apoplejía fulminante. Y quizá sea difícil de entender, pero, aunque jamás me había gustado aquel hombre, a pesar de que al final hubiera comenzado a inspirarme lástima, verlo allí tendido, muerto, hizo que las lágrimas inundaran mis ojos. Era la segunda muerte que veía, y el dolor de la primera estaba aún fresco en mi corazón.

Capítulo 4
El cofre
No perdí ya entonces más tiempo en decirle a mi madre todo lo que sabía y que sin duda hubiera debido poner mucho antes en su conocimiento. Inmediatamente nos dimos cuenta de lo difícil y peligroso de nuestra situación. Parte del dinero que aquel hombre pudiera esconder -si es que algo guardaba- nos pertenecía con toda justicia, pero no era probable que los compañeros de nuestro capitán, sobre todo los dos ejemplares que yo había visto, "Perronegro" y el mendigo ciego, estuvieran dispuestos a perder una parte del botín, y para saldar las cuentas del difunto. Tampoco podía yo cumplir el encargo del capitán de cabalgar en busca del doctor Livesey, dejando a mi madre sola y sin protección. Ni siquiera nos parecía posible a ninguno de los dos seguir por más tiempo en la hostería. El chisporroteo de los leños en el fogón, el tic-tac del reloj, todo nos llenaba de espanto. Por todas partes nos parecía oír pasos sigilosos que se acercaban. El cuerpo muerto del capitán seguía tendido en el suelo de la habitación. Yo no paraba de pensar en el siniestro ciego, al que suponía rondando la casa y pronto a aparecer. El miedo me ponía la carne de gallina. Había que tomar una decisión inmediatamente; y se me ocurrió como única salida que nos marchásemos de la hostería para buscar auxilio en el cercano caserío. Y dicho y hecho. Tal como estábamos, sin siquiera cubrirnos, mi madre y yo echamos a correr en la oscuridad, cada vez más densa, de aquel helado atardecer.
El caserío sólo distaba unos cientos de yardas y teníamos la ventaja de que, en cuanto traspusiéramos la ensenada, ya no se nos vería; también me tranquilizaba que se hallara en dirección opuesta a aquella por donde había venido el ciego y por la que probablemente se había marchado. Recorrimos el camino en pocos minutos, y eso contando que nos detuvimos alguna vez para escuchar. Pero no se oía ruido alguno desacostumbrado, sólo el suave batir de las olas en la playa y el graznar de los cuervos en el bosque.
Cuando llegamos al caserío, ya se encendían las primeras luces, y nunca olvidaré el alivio que sentí al ver aquellos resplandores amarillentos que se filtraban por puertas y ventanas. Pero ésa fue toda la ayuda que de allí recibimos, porque -aunque parezca mentira- nadie estaba dispuesto a regresar con nosotros a la "Almirante Benbow", y cuanto más dramatizábamos nuestras desventuras, menos inclinados parecían todos -hombres, mujeres o mozos- a abandonar el cobijo de sus hogares. El nombre del capitán Flint, aunque desconocido para mí, era bastante famoso para muchos de los vecinos, y en todos causaba el mayor espanto. Alguno de los labradores que habían estado arando las tierras de más allá de la hostería recordaba haber visto gente forastera en el camino, y, tomándolos por contrabandistas, habían huido de ellos; uno, por lo menos, aseguraba haber visto un lugre fondeado en la que llamábamos la Cala de Kitt. Y tan sólo la idea de encontrarse con alguno de los compañeros del capitán ya bastaba para infundirles el más invencible de los temores. El resultado fue que, si bien varios vecinos se ofrecieron para ir a caballo hasta la casa del doctor Livesey, que por cierto estaba en la dirección contraria, ninguno estuvo dispuesto a ayudarnos para defender la "Almirante Benbow".
Dicen que la cobardía es contagiosa; pero la discusión, por el contrario, enardece. Y así, después que cada uno expresó sus opiniones, mi madre les lanzó una arenga declarando que no estaba dispuesta a perder un dinero que pertenecía a su hijo.
-Si ninguno de vosotros se atreve -les dijo-, Jim y yo sí nos atrevemos y no os necesitamos para encontrar el camino de vuelta. Os agradezco mucho a todos, manada de gallinas, vuestro amparo. Nosotros abriremos ese cofre, aunque nos cueste la vida, y le agradecería a usted, señora Crossley, que me prestase una bolsa para traernos el dinero que nos pertenece.
Yo, por supuesto, dije que iría con mi madre; y por supuesto, todos intentaron convencernos de nuestra temeridad, pero ni aún entonces hubo alguno que decidiera venir con nosotros. Lo único que hicieron fue darme una pistola cargada, por si nos atacaban, y prometernos tener caballos ensillados para el caso de que fuésemos perseguidos al regreso. También enviarían a un muchacho a casa del doctor Livesey para buscar el socorro de gente armada.
El corazón me latía en la boca, cuando salimos al frío de la noche y emprendimos nuestra peligrosa aventura. La luna llena empezaba a levantarse e iluminaba con su brillo rojizo los altos bordes de la niebla. Aligeramos el paso, pues muy pronto todo estaría bañado por una luz casi como el día y no podríamos ocultarnos a los ojos de cualquiera que estuviera vigilando. Nos deslizamos silenciosos y rápidamente a lo largo de los setos sin que escuchásemos ruido alguno que aumentara nuestros temores, hasta que con sumo júbilo cerramos tras de nosotros la puerta de la "Almirante Benbow".
Corrí inmediatamente el cerrojo, y permanecimos unos instantes en la oscuridad, sin movernos, jadeantes, a solas en aquella casa con el cuerpo del capitán. En seguida mi madre se procuró una vela y cogidos de la mano penetramos en la sala. El cuerpo yacía tal como lo habíamos dejado, tumbado de espaldas, con los ojos abiertos y un brazo estirado.
Baja las persianas, Jim -susurró mi madre-, no sea que estén ahí fuera y nos vean. Y ahora tenemos que encontrar la llave de eso -dijo, cuando yo acabé de cerrar-, pero ¿quién se atreve a tocarlo? -y al decir esto no pudo reprimir un sollozo.
Me arrodillé junto al capitán. En el suelo, cerca de su mano, encontré un redondel de papel ennegrecido por una de sus caras. No dudé de que aquello era la Marca Negra; y, cogiéndolo, pude leer en el dorso escrito con letra muy clara y limpia el siguiente aviso: "Tienes hasta las diez de esta noche".
Tenía hasta las diez, madre -dije yo.
Y al tiempo de decir esto, nuestro viejo reloj empezó a sonar dando las horas. Las campanadas nos sobrecogieron de terror, pero al menos contándolas nos tranquilizamos, ya que no eran más que las seis.
Vamos, Jim -dijo mi madre-. La llave.
Registré los bolsillos uno tras otro; sólo encontramos unas monedas, un dedal, un poco de hilo y unas agujas enormes, un trozo de tabaco mordido por una punta, su navaja de corva empuñadura, una brújula de bolsillo y yesca. Yo ya empezaba a desesperar.
Acaso la tenga colgada del cuello -sugirió mi madre.
Venciendo una gran repugnancia, desgarré su camisa y allí, colgada de su cuello, en un cordel embreado, que corté con su propia navaja, estaba la llave. Este triunfo nos llenó de esperanza y subimos sin perder un segundo al cuarto donde tanto tiempo había él dormido y donde desde el día de su llegada permanecía su cofre. Era un cofre igual que tantos otros de los que suelen usar los navegantes; tenía la inicial B marcada en la tapa con un hierro al rojo vivo y las esquinas estaban aplastadas y maltrechas por el largo y tempestuoso servicio.
Dame la llave -dijo mi madre. Y aunque la cerradura se resistió, no tardó en abrirla, y levantamos la tapa. Un fuerte olor a tabaco y a brea emanó de su interior; encima de todo vimos ropa nueva, cuidadosamente cepillada y doblada. Mi madre aventuró que no había sido estrenada. Debajo empezamos a descubrir los más heterogéneos objetos: un cuadrante, un vaso de estaño, varias libras de tabaco, una pareja de excelentes pistolas, un pedazo de un lingote de plata, un antiguo reloj español y otras baratijas, como un par de brújulas montadas en latón y cinco o seis conchas de caracoles de las Antillas. Muchas veces después he recordado esas conchas y he pensado en lo extraño de que las llevara con él a través de su errante, criminal y aventurera existencia.
Sólo aquel lingote de plata y algunas monedas tenían algún valor; pero ni uno ni las otras nos aprovechaban. Debajo de todo había un viejo capote marino descolorido ya por la sal y el aire de tantos océanos y puertos. Mi madre tiró de él, encolerizada, y entonces descubrimos lo que había en el fondo del cofre: un paquete envuelto en hule, que parecía contener papeles, y un saquito de lona que, al tocarlo, dejó oír un tintineo de oro.
Voy a enseñarles a esos forajidos que yo soy una mujer honrada -dijo mi madre-. Tomaré lo que se me debe y ni un farthing más. Sostén la bolsa de la señora Crossley -y empezó a contar las monedas hasta sumar la cantidad que el capitán nos había dejado a deber.
La tarea fue larga y dificultosa, porque había monedas de todos los países y tamaños: doblones y luises de oro y guineas y piezas de a ocho y qué se yo cuántas más, todas revueltas en aquella bolsa. Además, mi madre únicamente sabía ajustar cuentas con guineas, y precisamente éstas eran las más escasas.
Aún no habíamos llegado ni a la mitad de la cuenta, cuando de pronto, en el aire silencioso y helado, escuchamos algo que casi paralizó los latidos de mi corazón: el toc toc toc del palo del ciego sobre la carretera endurecida por el frío. Se acercaba lentamente. Permanecimos quietos, conteniendo la respiración. Después sonó un golpe fuerte en la puerta de la hostería y oímos levantarse la falleba y rechinar el cerrojo como si aquel miserable tratara de abrir; luego hubo un largo y terrible silencio. Después el toc toc toc se escuchó una vez más, y, con la mayor alegría por nuestra parte, cada vez más lejano, hasta que se perdió en la noche.
Madre -le dije-, cojamos todo y vámonos. -Porque estaba seguro de que, al haber encontrado la puerta cerrada por dentro, el ciego entraría en sospechas y no tardaría en volver con toda la cuadrilla; aun así me alegré de haber echado el cerrojo, pues tal era el espanto que me producía aquel pavoroso ciego.
Pero mi madre, a pesar de sus temores, no quería apropiarse de un penique más de lo que se le debía, y se obstinaba también en no contentarse con menos. Me tranquilizó diciendo que aún faltaba mucho para las siete. No estaba dispuesta a irse sin haber saldado la cuenta. Y aún trataba yo de convencerla, cuando escuchamos de pronto un corto y apagado silbido en la lejanía, sobre la colina. Aquello fue más que suficiente para los dos.
Me llevaré lo que he cogido -dijo, poniéndose en pie de un salto.
Y yo tomaré esto para completar la cuenta -dije yo, echando mano al envoltorio de hule.
Un instante después bajábamos a tientas por la escalera, porque habíamos olvidado la vela junto al cofre vacío; y sin perder tiempo abrimos la puerta y escapamos a todo correr. Unos minutos más tarde y hubiera sido fatal para nosotros, porque la niebla iba aclarando más que de prisa y la luna ya iluminaba las zonas más altas, y sólo por la hondonada del barranco y en torno a nuestra puerta flotaban aún tenues velos que nos ocultaron en la huida. Pero antes de llegar a mitad de camino del caserío, casi al final de la cuesta, la niebla se levantaba dejando paso a la claridad de la luna, y forzosamente teníamos que pasar por allí. Además, escuchamos rumor de gente cada vez más cerca y vimos una luz que oscilaba entre la bruma y que indicaba que uno de nuestros perseguidores al menos traía una linterna de aceite.
Hijo mío -dijo mi madre-, toma el dinero y escapa tú. Creo que voy a desmayarme.
Pensé que aquello era el fin de los dos. Maldije la cobardía de nuestros vecinos y culpé a mi pobre madre tanto por su honradez como por su codicia, por su pasada temeridad y por su desfallecimiento ahora. Casi habíamos llegado al puente pequeño, y había un terraplén que bien podía servirnos, por lo que la ayudé para llegar hasta él y ocultarnos; fue dejarla apoyada en el talud cuando con un suspiro se desplomó sobre mi hombro. No sé cómo tuve fuerzas para conseguirlo, y me temo que usé cierta brusquedad, pero logré arrastrarla por la pendiente hasta casi ocultarla bajo el puente. No pude hacer más, porque el arco era tan bajo, que no me permitió más que reptar, y, aunque mi madre quedaba casi a la vista de aquellos desalmados, allí permanecimos, tan cerca de la hostería, que pudimos ver todo cuanto en ella ocurrió.

Capítulo 5



(Continuará)