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TÍTULO : La isla del Tesoro
AUTOR : Robert L. Stevenson


Capítulo 1 Y el viejo marinero llegó a la posada del "Almirante Benbow".
El señor Trelawney, el doctor Livesey y algunos otros caballeros me han pedido que escriba todo lo relacionado con la Isla del Tesoro, sin omitir ningún detalle, aunque sin mencionar la ubicación de la isla, ya que aún quedan allí riquezas enterradas. Por eso tomo la pluma en este año de gracia de 17... y mi memoria me lleva al tiempo en que mi padre era dueño de la posada "Almirante Benbow", y un viejo marinero curtido, con una cicatriz de sable cruzándole el rostro, vino a buscar refugio bajo nuestro techo.
Lo recuerdo como si fuera ayer. Llegó a la puerta de la posada tambaleándose como un barco y arrastrando tras de sí, en una especie de camilla, su cofre de marinero. Era un hombre alto, fuerte y macizo, con la piel tostada como el bronce viejo por los océanos. Su coleta embreada le caía sobre los hombros de una chaqueta que había sido azul. Tenía las manos agrietadas, llenas de cicatrices, con las uñas negras y rotas. La cicatriz blanca del sable le cruzaba la mejilla como una costura siniestra. Lo veo otra vez, mirando la ensenada mientras silbaba, y de pronto empezó a cantar aquella antigua canción marinera que luego le oiría tantas veces:
"Quince hombres en el cofre del muerto...
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Y una botella de ron."
Con aquella voz ronca que parecía afinada en las barras del cabrestante. Golpeó la puerta con un palo, una especie de asta de bichero en la que se apoyaba, y cuando mi padre salió, le pidió sin rodeos que le sirviera un vaso de ron. Cuando se lo trajeron, lo bebió despacio, como un catador, chasqueando la lengua y mirando a su alrededor, hacia los acantilados, y luego la enseña que se balanceaba sobre la puerta de nuestra posada.
-Es una buena rada -dijo entonces-, y una taberna bien situada. ¿Viene mucha gente por aquí, eh, compañero? Mi padre respondió que no, que por desgracia eran pocos los clientes. -Bueno, entonces aquí me quedaré. ¡Eh, tú, compadre! -le gritó al hombre que arrastraba la camilla-. Atraca aquí y ayúdame a subir el cofre. Me hospedaré unos días -continuó-. Soy un hombre sencillo; ron, tocino y huevos es todo lo que quiero, y esa roca de allá arriba, para ver pasar los barcos. ¿Que cómo me llamo? Llámame capitán. Y, ¡ah!, casi lo olvido, perdón, camarada... -y tiró tres o cuatro monedas de oro sobre el umbral-. Me avisas cuando me haya gastado ese dinero -dijo con la voz de quien está acostumbrado a mandar en un barco.
Y la verdad, a pesar de su ropa desgastada y su lenguaje rudo, no parecía un simple marinero, sino más bien un piloto o patrón acostumbrado a ser obedecido. El hombre que traía la camilla nos dijo que lo había visto esa misma mañana bajarse de la diligencia frente al "Royal George" y que allí había preguntado por las posadas abiertas a lo largo de la costa. Supongo que le dieron buenas referencias de la nuestra, sobre todo por lo solitario del lugar, y por eso la eligió para quedarse. Eso fue todo lo que supimos de él.
Era un hombre reservado y taciturno. Durante el día deambulaba por la ensenada o los acantilados con un catalejo de latón bajo el brazo; por la noche solía sentarse junto al fuego en un rincón, bebiendo ron fuerte con un poco de agua. Casi nunca respondía cuando alguien le hablaba; solo levantaba la cabeza y resoplaba por la nariz como un cuerno de niebla. Por eso, tanto nosotros como los clientes habituales pronto aprendimos a no dirigirle la palabra. Cada día, al volver de su paseo, preguntaba si había pasado algún hombre con aspecto de marinero. Al principio pensamos que echaba de menos la compañía de gente de su oficio, pero luego comprendimos que lo que quería era precisamente evitarla. Cuando algún marinero entraba en el "Almirante Benbow" -como a veces hacían quienes viajaban hacia Bristol por la carretera costera- él espiaba desde la puerta de la cocina, oculto tras las cortinas, y se quedaba mudo como un muerto si había forasteros. Yo era el único que comprendía su comportamiento, porque en cierto modo compartía su inquietud. Un día me llamó aparte y me prometió cuatro peniques de plata cada primero de mes si "me mantenía atento y le avisaba si veía llegar a un marinero con una sola pierna". Muchas veces, cuando llegaba el día convenido y yo le reclamaba lo pactado, me gruñía con tal furia que me hacía temblar, pero antes de acabar la semana parecía recapacitar, me daba mis cuatro peniques y me repetía la orden de estar alerta ante la llegada "del marinero con una sola pierna".
No hace falta decir que mis sueños empezaron a poblarse de las imágenes más horribles de ese mutilado. En las noches de tormenta, cuando el viento sacudía la casa hasta los cimientos y las olas rugían en la cala chocando contra los acantilados, se me aparecía con mil formas distintas y los rostros más diabólicos. A veces tenía la pierna cortada por la rodilla, otras por la cadera; en ocasiones era una criatura monstruosa con una sola pierna que le salía del centro del cuerpo. En la peor de mis pesadillas lo veía correr detrás de mí, saltando vallas y zanjas. A decir verdad, ¡qué caros pagué esos cuatro peniques con tan espantosas visiones!
Pero, aun aterrorizado por la imagen del marinero de una sola pierna, era quizá yo, de todos los que trataban al capitán, el que menos miedo le tenía. En las noches en que bebía más ron del que su cabeza podía soportar, cantaba sus viejas canciones marineras, impías y salvajes, ajeno a todos los que lo rodeábamos. A veces pedía una ronda para todos y obligaba a los aterrados clientes a escuchar sus historias y a corear sus canciones. Cuántas noches sentí temblar la casa con su "¡Ja, ja, ja! ¡Y una botella de ron!", que todos trataban de acompañar a gritos, no por gusto, sino por miedo a su furia. Porque cuando entraba en esos arrebatos era el más terrible de los contertulios: golpeaba la mesa con el puño para imponer silencio y estallaba de ira tanto si lo interrumpían como si no, convencido de que nadie lo escuchaba con el debido interés. Tampoco permitía que nadie abandonara la posada hasta que él, borracho y tambaleante, se levantaba soñoliento y se dirigía a su cama.
Y aun así, lo que más espantaba a la gente eran sus historias. Relatos espeluznantes llenos de ahorcados, condenados que "pasaban por la plancha", tormentas en alta mar, leyendas de la Isla de la Tortuga y otros parajes siniestros de la América Española. Según decía, había pasado su vida entre los más crueles hombres que Dios haya lanzado al mar, y el lenguaje con que hablaba de ellos escandalizaba tanto como los crímenes que describía. Mi padre afirmaba que ese hombre sería la ruina de la posada, porque nadie vendría a soportar humillaciones para acabar la noche temblando de miedo. Pero yo creo que, en el fondo, nos beneficiaba. Los clientes, aunque al principio se asustaban, luego encontraban cierto placer. Era una fuente de emociones en medio de la calma de la comarca. Incluso algunos jóvenes lo admiraban y lo llamaban "un verdadero lobo de mar" o "viejo tiburón" y decían que hombres como él habían hecho grande a Inglaterra en el mar.
Aun así, hizo todo lo posible por arruinarnos. Semana tras semana, mes tras mes, siguió hospedado bajo nuestro techo, aunque hacía mucho que ya se le había acabado el dinero. Cuando mi padre reunía el valor para exigirle algún pago más, el capitán gruñía de un modo inhumano y lo miraba con tal fiereza, que mi pobre padre salía huyendo, temblando. Muchas veces lo vi, tras una escena así, retorcerse las manos de desesperación, y estoy seguro de que la rabia y el miedo que sufrió durante ese tiempo contribuyeron a su prematura y triste muerte.
Durante todo el tiempo que vivió con nosotros, el capitán no cambió de ropa, salvo por unas medias que compró a un buhonero. Un día se le desprendió un ala del sombrero, y así se quedó, colgando, a pesar del viento. Todavía recuerdo el lamentable estado de su vieja casaca, que él mismo remendaba en su cuarto, hasta que ya no era más que un montón de parches. Nunca escribía cartas, ni recibía. No hablaba con nadie, salvo con algunos vecinos, y solo cuando estaba bastante borracho. Nunca logramos ver su cofre de marinero abierto.
Solo una vez alguien se atrevió a enfrentarse a él, y fue ya cerca del final, cuando también la salud de mi padre se deterioraba por la enfermedad que acabó con su vida. El doctor Livesey había llegado al atardecer para visitar a mi padre. Después de tomar un refrigerio, pasó a la sala a fumar una pipa mientras traían su caballo desde el caserío, ya que en la vieja "Benbow" no teníamos establo. Yo entré con él, y recuerdo bien cuánto me llamó la atención el contraste entre el aseado doctor, con su peluca empolvada, sus ojos negros brillantes y sus modales exquisitos, y nuestros rústicos vecinos. Pero sobre todo, el contraste con aquel espantapájaros sucio y legañoso que era el capitán, echado sobre la mesa y atontado por el ron. De pronto, el capitán alzó la vista y comenzó a cantar:
"Quince hombres en el cofre del muerto.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Y una botella de ron!
El ron y Satanás se llevaron al resto.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Y una botella de ron."
Al principio yo había pensado que el "cofre del muerto" era aquel gran baúl que estaba en el cuarto de arriba, y esa idea se mezclaba en mis pesadillas con la imagen del marinero de una sola pierna. Pero a esas alturas de la historia ya no prestábamos mucha atención a la canción; solo era una novedad para el doctor Livesey, al que, por cierto, no le gustó nada. Vi cómo alzaba la mirada con enojo, aunque siguió conversando con el viejo Taylor, el jardinero, sobre un nuevo remedio para el reumatismo. Mientras tanto, el capitán comenzaba a animarse con su propia música y terminó golpeando la mesa con fuerza, una señal que todos conocíamos bien y que significaba que quería silencio. Todas las voces se callaron, excepto la del doctor Livesey, que siguió hablando con voz clara y amable, sin inmutarse, mientras daba largas caladas a su pipa
El capitán fijó entonces una mirada furiosa en él, dio un nuevo manotazo en la mesa y con el más bellaco de los vozarrones gritó:
"¡Silencio en cubierta!"
"¿Os dirigís a mí, caballero?" -preguntó el médico. Y cuando el rufián, mascullando otro juramento, le respondió que así era, el doctor Livesey replicó-: "Solamente he de deciros una cosa: que, si continuáis bebiendo ron, el mundo se verá muy pronto a salvo de un despreciable forajido."
La furia que estas palabras despertaron en el viejo marinero fue terrible. Se levantó de un salto y sacó su navaja, se escuchó el ruido de sus muelles al abrirla y, balanceándola sobre la palma de la mano, amenazó al doctor con clavarlo en la pared.
El doctor no se inmutó. Continuó sentado y le habló así al capitán, por encima del hombro, elevando el tono de su voz para que todos pudieran escucharle, perfectamente tranquilo y firme:
"Si no guardáis ahora esa navaja, os prometo, por mi honor, que en el próximo Tribunal del Condado os haré ahorcar." Durante unos instantes los dos hombres se retaron con las miradas, pero el capitán amainó, se guardó su arma y volvió a sentarse gruñendo como un perro apaleado.
"Y ahora, señor" -continuó el doctor-, "puesto que no ignoro su desagradable presencia en mi distrito, podéis estar seguro de que no he de perderos de vista. No sólo soy médico, también soy juez,"
"y, si llega a mis oídos la más mínima queja sobre vuestra conducta, aunque sólo fuera por una insolencia como la de esta noche, tomaré las medidas para que os detengan y expulsen de estas tierras. Basta."
Al poco rato trajeron hasta nuestra puerta el caballo del doctor Livesey, y éste montó y se fue; el capitán permaneció tranquilo aquella noche y he de decir que otras muchas a partir de ésta.


Capítulo 2 La aparición de “Perronegro”
Poco después de los hechos que acabo de relatar ocurrió el primero de los misteriosos sucesos que terminarían librándonos del capitán, aunque —como verá el lector— no de sus intrigas. Aquel invierno fue especialmente duro: la tierra pasó semanas bajo el hielo y era golpeada continuamente por vendavales furiosos. Sabíamos que mi pobre padre no viviría hasta la primavera; empeoraba día tras día, y mi madre y yo cargábamos con todo el trabajo de la posada. Eso, al menos, nos mantenía tan ocupados que casi ni pensábamos ya en nuestro desagradable huésped.
Recuerdo perfectamente un amanecer helado de enero. La ensenada estaba blanca de escarcha, el mar rompía en calma sobre las rocas de la playa y las primeras luces del sol iluminaban las cimas de las colinas, que brillaban a lo lejos sobre el océano. El capitán se había levantado más temprano de lo normal y salió hacia la playa con su paso bamboleante; el cuchillo le colgaba bajo los faldones de su vieja casaca azul, llevaba el catalejo de latón bajo el brazo y el sombrero echado hacia atrás. Cada vez que respiraba formaba nubecillas blancas. Al desaparecer tras un peñasco, dejó escapar uno de sus gruñidos habituales, como si en ese momento se acordara, indignado, del doctor Livesey.
Mi madre estaba arriba cuidando a mi padre; yo hacía mis tareas y preparaba la mesa para cuando el capitán regresara. Entonces se abrió la puerta y entró un hombre a quien jamás había visto. Estaba pálido como la cera; noté que le faltaban dos dedos en la mano izquierda. Aunque llevaba un machete colgado del cinturón, no parecía un matón. Yo siempre estaba atento a cualquier marinero —tuviera una pierna o dos—, pero aquel forastero me desconcertó: no parecía hombre de mar, y aun así había en él algo que olía a tripulación.
Le pregunté qué deseaba, y respondió que quería beber ron; pero cuando fui a servírselo, se sentó en una mesa y me hizo una seña para que me acercara. Me quedé quieto, con el trapo de limpiar en las manos.
—Ven aquí, muchacho —me llamó—. Acércate.
Di un paso hacia él.
—Esa mesa que está preparada ahí… ¿no será para mi compadre Bill? —me preguntó con una mueca burlona.
Respondí que no conocía a ningún compadre Bill, que aquella mesa era para otro huésped al que llamábamos el capitán.
—Claro —dijo—. A mi compadre Bill le encanta que lo llamen “capitán”. Pero si ese capitán del que hablas tiene una cicatriz grande en una mejilla, y lo fino que es cuando está borracho… ése es mi compadre Bill. Dime, muchacho, ¿la cicatriz la tiene en la mejilla derecha? ¡Ah, ya lo suponía! Entonces… ¿está aquí mi compadre Bill?
Le dije que había salido a dar uno de sus paseos.
—¿Por dónde, hijo? ¿Hacia dónde ha ido?
Le indiqué la playa, le expliqué por dónde volvería el capitán y cuánto tardaría. Después de hacerme algunas preguntas más, comentó:
—Ah… Verme le va a sentar mejor que un trago de ron a mi compadre Bill.
La expresión que puso al decirlo no me gustó nada; sospeché que aquel hombre no venía con buenas intenciones. Pero tampoco podía hacer nada. El forastero salió y se quedó vigilando en la entrada de la posada, acechando como un gato espera al ratón. Cuando intenté salir a la carretera, me ordenó que entrara de inmediato, y como no obedecí tan rápido como quería, su rostro pálido se transformó por completo y soltó una maldición tan terrible que me heló la sangre. Entré deprisa; él volvió a ponerse amable, me dio una palmada en el hombro y dijo que yo le caía bien.
—Tengo un hijo —me contó— igualito a ti, una gota de agua. Es el orgullo de mi corazón. Pero los muchachos necesitan disciplina, hijo, disciplina. Si hubieras navegado con mi compadre Bill no tendría que repetirte dos veces las órdenes. Así eran las cosas con Bill y con su tripulación. ¡Pero mira, ahí viene! Con su catalejo bajo el brazo. Es mi compadre Bill. ¡Bendito sea! Tú y yo vamos a meternos dentro y nos escondemos detrás de la puerta. Vamos a darle una buena sorpresa. ¡Dios lo bendiga!
Dicho esto, entró conmigo en la posada y me ocultó a su espalda, junto a la puerta. Yo estaba naturalmente inquieto y asustado, y mi temor aumentó al ver que el forastero también estaba nervioso. Acariciaba la empuñadura de su machete y comenzó a desenvainarlo. Durante toda la espera no dejó de tragar saliva, como si tuviera un nudo en la garganta.
Por fin el capitán entró, cerró la puerta de golpe y, sin mirar a nadie, avanzó hacia su mesa con grandes zancadas.
—¡Bill! —llamó el forastero, intentando sonar firme.
El capitán se giró sobre sus talones y nos miró. El color se le escapó del rostro; incluso la nariz se le puso lívida. Tenía la expresión de quien ve un fantasma, o al mismísimo diablo, o algo aún peor, si es que lo hay. Me impresionó tanto que fue como si de repente hubiera envejecido cien años.
—Vamos, Bill, ya me conoces… ¿O no te acuerdas de tu viejo camarada? —dijo el forastero.
El capitán ahogó un grito de asombro.
—¡Perronegro!
—¿Y quién si no? —respondió el otro, ya más tranquilo—. El mismo Perronegro de siempre, que viene a saludar a su viejo camarada Bill en la posada del Almirante Benbow. Ah, Bill… Las cosas que hemos visto juntos desde que perdí estos dedos… —y levantó su mano mutilada.
—Está bien —dijo el capitán—. Ya me has encontrado, ya me tienes; di lo que tengas que decir. ¿Qué quieres?
—Siempre igual, ¿eh, Bill? —respondió Perronegro—. Muy bien. Ahora este buen muchacho nos traerá un poco de ron y nos sentaremos, si te parece, y hablaremos como los viejos camaradas que somos.
Cuando regresé con el ron, estaban sentados uno frente al otro. Perronegro se había colocado cerca de la puerta y con la silla un poco apartada, como para vigilar tanto a Bill como la salida.
Me ordenó que me retirara y dejara la puerta bien abierta.
—Y no se te ocurra espiar por el ojo de la cerradura, hijo —añadió.
Me fui, dejándolos solos.
Durante un buen rato intenté escuchar, pero sólo oía murmullos. Luego sus voces empezaron a subir, y alcancé a distinguir algunas palabras, sobre todo los juramentos del capitán:
—¡No, no, no y no! ¡Y basta! —bramaba—. ¡Si hemos de acabar colgados, pues todos a la horca!
De pronto estallaron en insultos terribles y escuché un estrépito de golpes; la mesa y las sillas chocaban y caían; oí el sonido de aceros cruzándose; un segundo después vi a Perronegro salir corriendo, con el capitán detrás, ambos armados con machetes. Vi que el hombro de Perronegro sangraba. En la puerta el capitán lanzó un tajo tremendo, que de haberlo alcanzado lo habría abierto en canal, pero el machete chocó contra el letrero de la posada que colgaba en el portal. La muesca todavía puede verse en la parte inferior del marco.
Ese golpe puso fin a la pelea. A pesar de su herida, Perronegro corrió como un demonio y desapareció tras la colina en medio minuto. El capitán se quedó mirando el letrero como aturdido, se frotó los ojos varias veces y luego regresó a la casa.
—¡Jim! —gritó—. ¡Ron!
Al pedirlo se tambaleó y tuvo que apoyarse en la pared.
—¿Está herido? —pregunté alarmado.
—Ron… —repitió—. Debo huir de aquí… ¡Ron!
Corrí a buscárselo, pero estaba tan nervioso por todo lo que había ocurrido que rompí un vaso y dañé el grifo. Mientras intentaba calmarme, oí un golpe seco: alguien había caído al suelo. Corrí hacia la habitación del capitán y lo encontré tendido boca arriba. Mi madre, alertada por los gritos y el alboroto, bajó rápidamente a ayudarme. Entre los dos intentamos levantarlo; respiraba con dificultad, tenía los ojos cerrados y la cara tan pálida que parecía muerto.
—¡Ay, Dios mío! —exclamaba mi madre—. ¡Esta casa no hace más que atraer desgracias! ¡Y tu pobre padre tan enfermo!
No sabíamos qué hacer; lo único que se nos ocurría era que el capitán había sido herido de muerte por el forastero. Le acerqué el ron por si podía beberlo, pero tenía los dientes apretados como si fueran de hierro. En ese momento, para nuestro alivio, se abrió la puerta y entró el doctor Livesey, que venía a visitar a mi padre.
—¡Doctor! —gritamos—. ¡Ayúdenos! ¡No sabemos si está muerto!
—¿Muerto? —respondió—. No más que cualquiera de nosotros. Este hombre ha sufrido un ataque, y yo ya se lo advertí. Señora Hawkins, vuelva con su esposo y procure que no se entere de nada. Yo haré lo posible por salvar la despreciable vida de este canalla. Jim, tráeme una jofaina.
Cuando regresé, el doctor había cortado una manga del capitán y mostraba su enorme brazo lleno de tatuajes. En el antebrazo se leían claramente: “Mía es la suerte”, “Viento en las velas” y “Billy Bones es libre”. Más arriba, cerca del hombro, tenía dibujada una horca con un hombre colgado.
—Muy profético —comentó el doctor—. Y ahora, señor Bones —si ése era su nombre—, veamos de qué color tiene usted la sangre. ¿Te asusta la sangre, Jim?
—No, señor —respondí.
—Bien, entonces sujétame la jofaina —dijo.
Tomó la lanceta y abrió una vena. La sangre salió en abundancia antes de que el capitán abriera los ojos. Primero vio al doctor y frunció el ceño; luego me vio a mí y pareció calmarse. Pero enseguida se puso pálido y trató de incorporarse, gritando:
—¿Dónde está Perronegro?
—Aquí no hay ningún Perronegro —dijo el doctor—, salvo el que lleváis en el cuerpo. Habéis seguido bebiendo y os ha dado un ataque, tal como os advertí. Acabo de sacaros de la tumba por los pelos. Y ahora, señor Bones…
—No me llamo así —lo interrumpió el capitán.
—Me da igual —dijo el doctor—. Es el nombre de un pirata del que he oído hablar, y así os llamaré para abreviar. El caso es que quiero deciros esto: un vaso de ron no os matará, pero vendrá otro, y otro más, y os juro por mi peluca que si no dejáis el ron moriréis pronto y acabaréis donde corresponde, como dice la Biblia. Vamos, haced un esfuerzo y os ayudaremos a acostaros.
Entre el doctor y yo logramos subirlo a su habitación. Su cabeza cayó sobre la almohada como si aún estuviera inconsciente.
—Y ahora pensadlo bien —dijo el doctor—. No me hago responsable de nada más. Sólo el nombre del ron ya es una sentencia de muerte para él.
Me tomó del brazo y me acompañó a ver a mi padre.
—No hay por qué preocuparse por ahora —me dijo al cerrar la puerta—. Le he sacado suficiente sangre para que esté tranquilo un tiempo. Tendrá que quedarse una semana aquí. Es lo mejor para todos. Pero otro ataque podría acabar con él.


Capítulo 3 La Marca Negra
Hacia el mediodía me acerqué al cuarto del capitán con un refresco y unas medicinas. Estaba casi igual que cuando lo habíamos dejado, aunque intentó incorporarse, pero su debilidad fue más fuerte que sus ganas.
Jim -me dijo-, tú eres la única persona en quien puedo confiar aquí, y sabes bien que siempre me he portado bien contigo. Ni un mes he dejado de darte tus cuatro peniques de plata. Ahora me ves, compañero, doy pena, no tengo fuerzas y estoy solo. Escucha, Jim, tráeme un poco de ron cortado con agua... Vamos, camarada, ¿me lo traerás?
-El doctor... -intenté decirle.
Pero empezó a soltar juramentos y maldiciones contra el doctor con una voz que, aunque apagada, no había perdido su antigua energía. -Los médicos son todos unos farsantes -gritó-, y ese médico vuestro, ¿qué sabe de hombres de mar? Con estos ojos he visto tierras que quemaban como brea hirviendo, he visto a mis compañeros caer muertos como moscas por el vómito negro, he visto la tierra temblar como el mar durante un terremoto. ¿Qué sabe ese médico? Y te digo algo: fue el ron el que me hizo seguir vivo. Ha sido mi comida y mi agua, estamos juntos como marido y mujer.
Y si me lo quitáis ahora, seré como un barco del que solo queda una tabla que las olas tiran a la playa. Mi maldición caerá sobre ti, Jim, y sobre ese médico charlatán -y volvió a soltar una ristra de juramentos-. Fíjate, Jim, en cómo me tiemblan los dedos -siguió ya en tono de súplica-. No se quedan quietos. No he bebido ni una gota en todo el santo día. Te digo que ese médico es un farsante. Si no bebo un trago de ron, Jim, empezaré a tener visiones. Ya casi las tengo. Estoy viendo al viejo Flint allí en el rincón, detrás de ti; y con la mala vida que he llevado, si empiezo a ver visiones, se me aparecerá hasta Caín. El médico dijo que un vaso no me haría daño. Te daré una guinea de oro si me traes un poco de ron, Jim.
Cada vez se excitaba más y yo empecé a preocuparme por mi padre, que estaba peor y necesitaba toda la tranquilidad posible. Además, las órdenes del doctor habían sido muy claras y también me sentí ofendido por el intento de soborno.
-No quiero vuestro dinero -le dije-, solo el que le debéis a mi padre. Os traeré un vaso, pero solo uno.
Cuando se lo llevé, lo agarró con ansia y se lo bebió de un trago.
-Ah -suspiró-. Ya me siento mejor, sin duda. Y ahora, muchacho, ¿cuánto tiempo dijo el doctor que tenía que estar en esta condenada cama?
-Una semana, por lo menos -le contesté.
-¡Truenos! -exclamó-. ¡Una semana! Eso es imposible. Para entonces ya me habrán encontrado y me marcarán con "la Negra". Ahora mismo deben de andar por ahí esos canallas siguiendo mis pasos; gentuza que no supo conservar su parte y ahora quiere poner las garras en lo que es de otro. ¿Tú crees que eso es propio de hombres de mar? Yo siempre he sido precavido, nunca malgasté mi dinero ni lo perdí por ahí. Pero estaré más atento que un timonel en su guardia. No les tengo miedo. Izaré las velas y volveré a escapar.
Mientras hablaba, intentaba incorporarse en la cama con mucha dificultad. Me agarró del hombro y me clavó los dedos con tanta fuerza que casi grité de dolor. Intentó mover las piernas, pero las tenía como muertas. La fuerza de sus palabras contrastaba tristemente con la debilidad de su voz. Aun así, logró sentarse en el borde de la cama.
-Ese médico me ha matado -murmuró-. Me zumban los oídos. Recuéstame.
Pero antes de que pudiera ayudarle, se desplomó sobre el lecho y se quedó un rato en silencio.
Jim -dijo al cabo de un rato-, ¿te fijaste bien en ese marinero?
-"Perronegro"? -pregunté.
-Ah... "Perronegro" -dijo-. Es un tipo peligroso, pero los que lo mandan son aún peores. Escucha: si yo no puedo escapar, si ellos consiguen marcarme con "la Negra", acuérdate de que lo que buscan es mi viejo cofre. Coge un caballo. Sabes montar, ¿no? Bien, pues entonces móntalo y corre, sí, hazlo, avisa a ese maldito médico tuyo y dile que reúna a todos, que venga con un juez y con agentes. Dile que puede atraparlos a todos, aquí, en la posada "Almirante Benbow", a toda la tripulación del viejo Flint, a todos los que quedan. Yo era el segundo a bordo, el primero después de Flint, y soy el único que sabe dónde está lo que buscan. Me lo confió en Savannah, cuando se estaba muriendo, igual que ahora yo lo hago contigo. Pero tú no dirás ni una palabra. Solo si logran atraparme, si me ponen "la Negra", o si vuelves a ver a "Perronegro" o a un marinero con una sola pierna, Jim... Sobre todo a ese.
-Pero ¿qué es la Marca Negra, capitán? -pregunté.
-Es una señal, compañero. Ya la verás si me la ponen. Pero ahora abre bien los ojos, Jim, y te juro por mi honor que repartiremos a partes iguales. -Siguió hablando sin mucho sentido durante un rato, su voz se fue debilitando, y cuando le di su medicina, que tomó como un niño, me dijo:- Si ha habido un marino que necesitara estas medicinas, ese soy yo... -y se quedó profundamente dormido.
No sé qué habría hecho si las cosas hubieran seguido un curso normal; quizá le habría contado toda aquella historia al doctor, porque me daba miedo que, si el capitán se recuperaba, olvidara su promesa y tratara de librarse de mí. Pero esa misma noche mi padre murió de repente, y eso hizo que todo lo demás dejara de tener importancia. El dolor que sentíamos, las visitas de los vecinos, los preparativos del funeral y, al mismo tiempo, tener que ocuparnos de todos los asuntos de la posada me dejaron tan ocupado que apenas pensé en el capitán y mucho menos en sus intrigas.
A la mañana siguiente lo vi bajar al comedor y comió como de costumbre, aunque poco, pero me temo que bebió más ron que de costumbre, porque él mismo se servía cuanto quería, con un aire tan amenazador y con tales bufidos que nadie se atrevió a decirle nada. La noche antes del funeral estaba tan borracho como siempre y no respetó el duelo que nos llenaba de tristeza, sino que le oímos cantar su horrible y vieja canción marinera. Aunque se le veía muy débil, todos le teníamos miedo, y el doctor no estaba, porque después de la muerte de mi padre había tenido que ir a visitar a un enfermo muy lejos de allí.
Ya he dicho lo débil que parecía el capitán, y aquella noche incluso parecía apagarse poco a poco. Subía y bajaba las escaleras con mucha dificultad, iba de una habitación a otra y, de vez en cuando, asomaba la cabeza por la puerta como si quisiera oler el mar; luego volvía, apoyándose en las paredes y respirando con esfuerzo, como alguien que sube una montaña. Casi no se fijaba en mí y creo de verdad que había olvidado por completo sus confidencias. Su carácter cambiante, más fuerte que su falta de fuerza física, lo llevaba a explosiones de violencia, y no era nada tranquilizador verlo desenvainar su largo cuchillo cuando estaba más borracho y colocarlo delante de él sobre la mesa. Pero, pese a todo, no prestaba demasiada atención a la gente y parecía perdido en sus pensamientos. De pronto, para nuestra sorpresa, empezó a cantar una canción que nunca le habíamos oído, una especie de canción de amor campesina, que debía de recordarle su juventud antes de hacerse a la mar.
Las cosas siguieron así hasta el día siguiente del funeral, cuando, hacia las tres de la tarde, en una jornada cerrada por una niebla helada, al asomarme a la puerta vi a lo lejos, en el camino, a alguien que se acercaba muy despacio. No cabía duda de que era un ciego, porque iba tanteando el suelo con un palo y llevaba un gran parche verde que le tapaba los ojos y la nariz. Caminaba encorvado, como por la edad o el cansancio, y llevaba un gran capote de marinero, viejo y andrajoso, con una capucha que le daba un aspecto deformado. Nunca en mi vida había visto una figura más siniestra. Cuando llegó a la puerta de la posada, se detuvo y, con una voz que parecía salir de una tumba, habló como si se dirigiera a la niebla que lo rodeaba:
-¿No habrá un alma caritativa que le diga a este pobre ciego, que perdió la luz de sus ojos defendiendo a Inglaterra, y que Dios bendiga al rey George, en qué lugar de su patria se encuentra?
-Estáis en la posada "Almirante Benbow", junto a la bahía del Cerro Negro, buen hombre -le dije.
-Oigo una voz -dijo-, la voz de un muchacho. ¿Quieres darme tu mano, mi buen amigo, y llevarme adentro?
Le tendí la mano, y aquel ser horrible, blando como la niebla y sin ojos, la agarró de pronto, apretándola como una tenaza. Me asusté tanto que intenté soltarme, pero el ciego, con un tirón, me arrastró hacia dentro.
-Ahora, muchacho -me dijo-, vas a llevarme adonde está el capitán.
-Señor -le supliqué-, no puedo.
-¿No? -dijo con burla-. ¿De verdad? Llévame o te rompo el brazo.
Y, al decirlo, me retorció el brazo con tanta fuerza que grité de dolor. -Señor -le dije-, lo hago por vuestro bien. El capitán ya no es el que era. Siempre tiene su cuchillo delante. Otro caballero...
-¡No contestes! ¡Vamos! -dijo interrumpiéndome; y nunca he oído una voz tan cruel, fría y espantosa como la de aquel ciego. Eso me dio aún más miedo que el propio dolor, y no tuve más remedio que obedecer al instante. Lo llevé directamente hasta la puerta de la sala, donde nuestro viejo y enfermo bucanero estaba sentado, adormecido por el ron. El ciego seguía pegado a mí, sujetándome con una mano de hierro y apoyando todo su peso en mis hombros.
-Llévame justo a su lado y, cuando lleguemos, grita: "Aquí está su amigo, Bill". Si no lo haces... -y volvió a retorcerme el brazo con tanta fuerza que creí que me iba a desmayar.
Todo eso hizo que el miedo que sentía por el ciego fuera mayor que el que sentía por el capitán, así que abrí la puerta de la sala, entré y dije con voz temblorosa lo que se me había ordenado.
El capitán levantó la vista y una sola mirada bastó para que el efecto del ron desapareciera y recuperara la lucidez. Se quedó inmóvil, sorprendido. La expresión de su cara no era tanto de terror como de derrota total. Intentó levantarse, pero creo que ya no le quedaban fuerzas.
-Quédate donde estás, Bill -dijo el mendigo-. No puedo ver, pero mi oído nota si mueves un solo dedo. Vamos al asunto. Estira la mano izquierda. Muchacho -me llamó-, sujétale la muñeca y acércame su mano, ponla en la mía.
Lo obedecí exactamente y vi que el ciego pasaba algo desde el hueco de su mano, en la que sostenía el bastón, a la palma de la mano del capitán, que apretó en seguida aquello que había recibido.
-Y ahora ya está hecho -dijo el ciego. Y, al decirlo, me soltó de pronto y, con una seguridad y ligereza increíbles, salió de la habitación y llegó a la carretera. Antes de que yo pudiera reaccionar, ya escuchaba el toc, toc, toc de su bastón alejándose.
Pasó un rato antes de que el capitán y yo saliéramos de nuestro estupor. Entonces, casi al mismo tiempo, solté su muñeca, que aún sujetaba, y él se llevó la mano a los ojos para ver lo que tenía agarrado en la palma.
-¡A las diez! -gritó-. ¡Faltan seis horas! ¡Todavía podemos salvarnos!
Y se levantó de un salto.
En ese mismo instante, de golpe, vaciló, se llevó la mano a la garganta, permaneció unos segundos como un barco que se escora y, después, con un extraño gemido, cayó al suelo cuan largo era.
Corrí a socorrerlo mientras llamaba a gritos a mi madre. Pero todo fue inútil. El capitán había muerto de una apoplejía fulminante. Y quizá resulte difícil de entender, pero, aunque aquel hombre nunca me había gustado y aunque al final empezaba a darme lástima, verlo allí tendido, muerto, hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas. Era la segunda muerte que veía, y el dolor de la primera aún estaba muy vivo en mi corazón.


Capítulo 4 El cofre
Entonces no perdí más tiempo y le conté a mi madre todo lo que sabía, cosas que sin duda debería haberle contado mucho antes. Enseguida comprendimos lo difícil y peligroso que era nuestro situación. Parte del dinero que aquel hombre pudiera tener escondido -si es que realmente guardaba algo- nos correspondía con toda justicia, pero no era probable que los compañeros de nuestro capitán, sobre todo los dos que yo había visto, "Perronegro" y el mendigo ciego, estuvieran dispuestos a perder una parte de su botín solo para pagar las deudas del muerto. Tampoco podía cumplir el encargo del capitán de ir a caballo a buscar al doctor Livesey, dejando a mi madre sola y sin protección. Ni siquiera nos parecía posible seguir mucho tiempo en la posada. El chisporroteo de los troncos en el fuego y el tic-tac del reloj nos llenaban de miedo. Nos parecía escuchar por todas partes pasos silenciosos que se acercaban. El cadáver del capitán seguía tendido en el suelo de la habitación. Yo no podía dejar de pensar en el siniestro ciego, al que imaginaba rondando la casa y a punto de aparecer. El miedo me erizaba la piel. Teníamos que decidir algo enseguida, y se me ocurrió, como única salida, que saliéramos de la posada para buscar ayuda en el caserío cercano. Y así lo hicimos. Tal como estábamos, sin siquiera abrigarnos, mi madre y yo echamos a correr en la oscuridad, cada vez más densa, de aquel frío atardecer.
El caserío estaba solo a unos cientos de yardas y teníamos la ventaja de que, en cuanto rodeáramos la ensenada, ya no podrían vernos. También me tranquilizaba que estuviera en dirección contraria a aquella por la que había venido el ciego y por donde, seguramente, se había marchado. Recorrimos el camino en pocos minutos, y eso que, de vez en cuando, nos deteníamos para escuchar. Pero no se oía ningún ruido extraño, solo el suave romper de las olas en la playa y el graznido de los cuervos en el bosque.
Cuando llegamos al caserío, ya se encendían las primeras luces, y nunca olvidaré el alivio que sentí al ver aquellos destellos amarillentos que salían por puertas y ventanas. Pero esa fue toda la ayuda que recibimos, porque -aunque cueste creerlo- nadie quiso volver con nosotros a la "Almirante Benbow". Cuanto más contábamos nuestras desgracias, menos dispuestos parecían todos -hombres, mujeres y mozos- a dejar la seguridad de sus casas. El nombre del capitán Flint, que para mí era desconocido, resultaba muy famoso para muchos vecinos y causaba un gran terror. Algunos labradores que habían estado arando las tierras más allá de la posada recordaban haber visto gente extraña por el camino y, tomándolos por contrabandistas, habían huido de ellos. Uno, por lo menos, aseguraba haber visto un lugre fondeado en la calita que llamábamos la Cala de Kitt. Solo la idea de encontrarse con alguno de los compañeros del capitán bastaba para provocarles un miedo invencible. Al final, varios vecinos se ofrecieron a ir a caballo a casa del doctor Livesey, que estaba en dirección contraria, pero ninguno quiso ayudarnos a defender la "Almirante Benbow".
Dicen que la cobardía es contagiosa; en cambio, la discusión calienta los ánimos. Así que, después de que todos dieran su opinión, mi madre les lanzó un pequeño discurso diciendo que no estaba dispuesta a perder un dinero que pertenecía a su hijo.
-Si ninguno de vosotros se atreve -les dijo-, Jim y yo sí nos atrevemos, y no necesitamos que nos acompañéis para encontrar el camino de vuelta. Os estoy muy agradecida a todos, bandada de gallinas, por vuestra protección. Nosotros abriremos ese cofre, aunque nos cueste la vida, y le agradecería a usted, señora Crossley, que me prestara una bolsa para llevarnos el dinero que nos corresponde.
Yo, por supuesto, dije que iría con mi madre; y, por supuesto, todos intentaron hacernos ver que éramos unos locos, pero ni aun así ninguno decidió venir con nosotros. Lo único que hicieron fue darme una pistola cargada, por si nos atacaban, y prometernos que tendrían los caballos ensillados por si nos perseguían a la vuelta. También enviarían a un muchacho a casa del doctor Livesey para pedir ayuda armada.
El corazón me latía en la garganta cuando salimos al frío de la noche y comenzamos nuestra peligrosa aventura. La luna llena empezaba a levantarse e iluminaba con un brillo rojizo las capas altas de la niebla. Aceleramos el paso, porque en poco tiempo todo quedaría tan claro como de día y no podríamos escondernos de nadie que estuviera vigilando. Nos deslizábamos en silencio y deprisa junto a los setos, sin oír nada que aumentara nuestros temores, hasta que, con enorme alegría, cerramos la puerta de la "Almirante Benbow" detrás de nosotros.
Corrí enseguida el cerrojo, y nos quedamos unos instantes en la oscuridad, sin movernos, jadeando, solos en aquella casa con el cadáver del capitán. En seguida mi madre buscó una vela y, cogidos de la mano, entramos en la sala. El cuerpo seguía donde lo habíamos dejado, tumbado de espaldas, con los ojos abiertos y un brazo estirado.
-Baja las persianas, Jim -me susurró mi madre-, no vaya a ser que estén ahí fuera y nos vean. Y ahora tenemos que encontrar la llave de eso -dijo cuando terminé de cerrar-, pero ¿quién se atreve a tocarlo? -y, al decirlo, no pudo contener un sollozo.
Me arrodillé junto al capitán. En el suelo, cerca de su mano, encontré un pequeño círculo de papel ennegrecido por una cara. No dudé de que era la Marca Negra. Al cogerlo, pude leer en el reverso, escrito con una letra muy clara y limpia, este aviso: "Tienes hasta las diez de esta noche".
-Tenía hasta las diez, madre -dije.
Justo entonces, nuestro viejo reloj empezó a dar las horas. Las campanadas nos llenaron de miedo, pero al contarlas nos tranquilizamos un poco, porque solo eran las seis.
-Vamos, Jim -dijo mi madre-. La llave.
Registré sus bolsillos uno por uno. Solo encontramos unas cuantas monedas, un dedal, un poco de hilo y unas agujas enormes, un pedazo de tabaco mordido por un extremo, su navaja de mango curvo, una brújula de bolsillo y yesca. Yo ya empezaba a desesperarme.
-Tal vez la lleve colgada al cuello -sugirió mi madre.
Venciendo una gran repulsión, le rasgué la camisa y allí, colgada del cuello en un cordel embreado, que corté con su propia navaja, estaba la llave. Aquella pequeña victoria nos llenó de esperanza y subimos sin perder un segundo al cuarto donde había dormido tanto tiempo y donde, desde el día de su llegada, estaba su cofre. Era un cofre como tantos otros que suelen usar los marineros; tenía la inicial B marcada en la tapa con hierro candente y las esquinas estaban abolladas y maltrechas por sus largos y difíciles viajes.
-Dame la llave -dijo mi madre. Y aunque la cerradura se resistió, no tardó en abrirla, y levantamos la tapa. Un fuerte olor a tabaco y a brea salió de su interior. Encima de todo había ropa nueva, cuidadosamente cepillada y doblada. Mi madre comentó que parecía sin estrenar. Debajo empezamos a encontrar los objetos más variados: un cuadrante, un vaso de estaño, varias libras de tabaco, un par de excelentes pistolas, un trozo de lingote de plata, un viejo reloj español y otras baratijas, como un par de brújulas con montura de latón y cinco o seis conchas de caracoles de las Antillas. Muchas veces después he recordado esas conchas y he pensado lo extraño que era que las llevara con él a través de una vida tan errante, criminal y aventurera.
Solo aquel lingote de plata y algunas monedas tenían verdadero valor; pero ni uno ni las otras nos servían entonces. Al fondo había un viejo capote de marinero, desteñido por la sal y el aire de tantos mares y puertos. Mi madre lo tiró a un lado, enfadada, y entonces vimos lo que había en el fondo del cofre: un paquete envuelto en hule, que parecía contener papeles, y una pequeña bolsa de lona que, al tocarla, sonó con un claro tintineo de oro.
-Voy a demostrarles a esos bandidos que soy una mujer honrada -dijo mi madre-. Tomaré solo lo que se me debe y ni un farthing más. Sostén la bolsa de la señora Crossley -y empezó a contar las monedas hasta reunir la cantidad que el capitán nos debía.
La tarea fue larga y complicada, porque había monedas de todos los países y tamaños: doblones, luises de oro, guineas, piezas de a ocho y quién sabe cuántas más, todas mezcladas en aquella bolsa. Además, mi madre solo sabía hacer cuentas con guineas, y precisamente esas eran las que menos había.
Todavía no habíamos llegado ni a la mitad de la cuenta, cuando, de pronto, en el aire helado y silencioso, oímos algo que casi detuvo los latidos de mi corazón: el toc toc toc del bastón del ciego sobre el camino endurecido por el frío. Se acercaba poco a poco. Nos quedamos quietos, sin respirar. Luego sonó un golpe fuerte en la puerta de la posada y escuchamos cómo levantaba la falleba y hacía crujir el cerrojo, como si intentara entrar. Después hubo un largo y terrible silencio. Luego el toc toc toc volvió a oírse, y, para nuestro enorme alivio, cada vez más lejano, hasta que se perdió en la noche.
-Madre -dije-, cojamos todo y vámonos.
Estaba seguro de que, al encontrar la puerta cerrada por dentro, el ciego sospecharía y pronto volvería con toda la banda; aun así, me alegré de haber echado el cerrojo, porque aquel horrible ciego me producía un miedo enorme.
Pero mi madre, a pesar del temor, no quería llevarse ni una moneda más de lo que se le debía, y tampoco aceptar menos. Me tranquilizó diciendo que todavía quedaba mucho para las siete. No pensaba irse sin haber cobrado todo lo que le correspondía. Yo aún intentaba convencerla cuando, de repente, escuchamos un silbido corto y apagado a lo lejos, en la colina. Eso fue más que suficiente para los dos.
-Me llevaré lo que ya he cogido -dijo, poniéndose en pie de un salto.
-Y yo tomaré esto para completar la cuenta -dije yo, agarrando el paquete envuelto en hule.
Un instante después bajábamos a tientas por la escalera, porque habíamos dejado la vela junto al cofre vacío; sin perder tiempo, abrimos la puerta y salimos corriendo. Unos minutos más tarde y habría sido fatal para nosotros, porque la niebla se estaba levantando muy deprisa y la luna ya iluminaba las partes más altas, y solo en la hondonada del barranco y alrededor de nuestra puerta flotaban aún unas ligeras capas de bruma que nos ocultaron durante la huida. Pero antes de llegar a la mitad del camino hacia el caserío, casi al final de la cuesta, la niebla desapareció y dejó al descubierto la claridad de la luna, y teníamos que pasar por allí a la fuerza. Además, escuchamos ruido de gente cada vez más cerca y vimos una luz que se movía entre los restos de niebla, señal de que al menos uno de nuestros perseguidores llevaba una linterna de aceite.
-Hijo mío -dijo mi madre-, toma el dinero y huye tú. Creo que me voy a desmayar.
Pensé que todo se había acabado para los dos. Maldije la cobardía de nuestros vecinos y culpé a mi pobre madre tanto por su honradez como por su codicia, por su atrevimiento antes y por su debilidad ahora. Casi habíamos llegado al puente pequeño, y había un terraplén que podía servirnos de escondite, así que la ayudé a llegar hasta allí y a ocultarse; apenas la apoyé en el talud cuando, con un suspiro, se desplomó sobre mi hombro. No sé de dónde saqué fuerzas, y me temo que fui algo brusco, pero conseguí arrastrarla por la pendiente hasta dejarla casi escondida bajo el puente. No pude hacer más, porque el arco era tan bajo que solo me permitía arrastrarme, y, aunque mi madre quedaba casi a la vista de aquellos malhechores, allí nos quedamos, tan cerca de la posada que pudimos ver todo lo que ocurrió en ella.


Capítulo 5 La muerte del ciego
La curiosidad fue más fuerte que mi miedo y salí de mi escondite. Me arrastré hasta lo alto del talud y, ocultándome detrás de una mata de retamas, pude ver toda la carretera hasta la puerta de nuestra casa. No tuve que esperar mucho: mis enemigos empezaron a llegar, serían siete u ocho. Corrían hacia la posada y el ruido de sus pasos resonaba en la noche. Uno iba delante con una linterna; otros tres corrían juntos, cogidos de la mano, y, a pesar de la niebla, vi que el que iba en medio era el mendigo ciego. Un instante después escuché su voz.
-¡Echad abajo la puerta! -gritaba.
-¡Echadla abajo! -repitieron otras voces.
Vi cómo se lanzaban al asalto de la "Almirante Benbow", mientras el de la linterna avanzaba detrás de ellos. De pronto se detuvieron y hablaron en voz baja, como si les hubiera sorprendido encontrar la puerta abierta. Pero enseguida el ciego volvió a mandarles. Su voz sonó fuerte y aguda, ardiendo de impaciencia y rabia.
-¡Entrad! ¡Entrad! ¡Entrad! -chillaba, maldiciendo a sus compañeros por indecisos.
Cuatro o cinco obedecieron al momento y dos se quedaron en la carretera junto al siniestro mendigo. Siguió un gran silencio. Luego escuché un grito de sorpresa y una voz que llamó desde dentro de la casa:
-¡Bill está muerto!
El ciego volvió a soltar una lluvia de juramentos.
-¡Registradlo! ¡Haraganes! ¡Y los demás que suban a por el cofre! -gritó.
Hasta mí llegaba el estruendo de sus pasos por nuestra vieja escalera; la casa parecía temblar bajo sus carreras. Después oí nuevas exclamaciones de sorpresa, la ventana del cuarto del capitán se abrió de golpe, rompiendo los cristales, y un hombre se asomó, iluminado por la luz de la luna, y llamó al que esperaba en la carretera.
-¡Pew! -gritó-, se nos han adelantado. Alguien ha vaciado ya el cofre; está todo revuelto.
-¿Y lo que buscamos? -preguntó Pew.
-Hay dinero.
El ciego maldijo el dinero.
-¡Lo importante es el papel de Flint! -gritó.
-No lo encontramos por ninguna parte -respondió el otro.
-¡Eh, los de abajo, registrad bien a Bill! -volvió a vociferar el ciego.
Uno de los que habían estado abajo registrando al capitán salió a la puerta.
-A Bill ya lo hemos cacheado -dijo-. No lleva nada.
-¡Han sido los de la posada! ¡Ha sido ese chico! ¡Ojalá le hubiera sacado los ojos! -rugió Pew-. No hace ni un minuto que estaban dentro; el cerrojo estaba echado cuando yo quise abrir la puerta. ¡Vamos! ¡Registradlo todo! ¡Buscad!
-No pueden estar lejos -gritó el que seguía asomado a la ventana-, aquí hay una vela que todavía está encendida.
-¡Buscadlos! ¡Hay que dar con ellos! -aullaba Pew, golpeando furioso el camino con su bastón.
Entonces empezó un gran desorden en nuestra vieja posada: carreras por todas partes, muebles volcados, puertas reventadas a patadas; el ruido parecía retumbar en las colinas cercanas. Luego los asaltantes empezaron a salir, uno tras otro, y aseguraban que ya no quedaba nadie allí. En ese momento, el mismo silbido que antes había asustado a mi madre y a mí, cuando contábamos el dinero del capitán, sonó otra vez, claro y agudo, en la calma de la noche. Esta vez se oyó dos veces. Al principio pensé que era el ciego llamando a los suyos al ataque, pero noté que el silbido venía de la cuesta que subía al caserío, y, al ver el efecto que produjo en aquellos bucaneros, comprendí que era una señal de peligro.
-Es Dirk -gritó uno de ellos-. ¡Dos silbidos! Tenemos que irnos, compañeros.
-¡Vete tú, cobarde! -bramó Pew-. Dirk siempre ha sido un miserable... ¡No le hagáis caso! ¡Buscad al chico y a su madre, no pueden estar lejos! ¡Dispersaos y buscad, perros! ¡Que me parta un rayo! -juró-. ¡Si yo pudiera ver!
Su discurso surtió efecto, porque dos o tres empezaron a registrar aquí y allá, en la leñera y otros rincones, aunque sin mucho entusiasmo, ya que estaban más pendientes de su propio peligro; los demás seguían dudando en mitad de la carretera.
-Tenéis una fortuna en las manos, idiotas, y os asustáis de vuestra propia sombra. Podríais ser tan ricos como reyes si encontramos ese papel. Sabemos que está aquí y os hacéis los remolones. Cuando ninguno de vosotros se atrevía a enfrentarse con Bill, lo hice yo... yo, que soy ciego. ¡No voy a perder mi parte por culpa vuestra! ¿Voy a morir como un pobre mendigo, pidiendo un trago de ron, cuando podría ir en carroza? ¡Si tuvierais el valor de una pulga, los atraparíais!
-Que se vayan al infierno, Pew. Ya tenemos los doblones -murmuró uno.
-Habrán escondido el papel -dijo otro-. Quédate con estas guineas, Pew, y deja de gritar.
"Gritar" era poco; aquello eran verdaderos aullidos, y tal fue la furia de Pew al oír a su compañero, que perdió del todo la cabeza y empezó a repartir bastonazos a ciegas, golpeando a derecha e izquierda. Escuché cómo el palo resonaba en las costillas de más de uno. Todos se revolvieron, amenazándose con terribles maldiciones y tratando de arrancarle el bastón de las manos.
Su pelea fue nuestra salvación, porque mientras ellos se peleaban, otro ruido llegó hasta nosotros desde lo alto de la cuesta del caserío: el galope de caballos. Casi al mismo tiempo, un fogonazo y el estampido de un disparo iluminaron y sacudieron el fondo del camino. Debió de ser esa la última señal de alarma, porque los piratas, en cuanto la oyeron, dieron media vuelta y echaron a correr, huyendo en todas direcciones, algunos hacia el mar, a lo largo de la bahía, otros hacia el cerro, de modo que, en menos de medio minuto, solo quedó allí Pew. Lo habían abandonado, ya fuera por miedo o por vengarse de sus golpes e insultos. Él seguía golpeando el camino con su bastón, desesperado, palpando el aire y llamando a sus compañeros. De pronto se lanzó hacia donde yo estaba, corriendo; pasó tan cerca, que casi podía tocarlo, gritando:
-¡Johnny! ¡"Perronegro"! ¡Dirk! -y otros nombres-. ¡No abandonéis al viejo Pew, camaradas! ¡No abandonéis al viejo Pew!
El potente galope de los caballos llegó a la cima de la cuesta y cuatro o cinco jinetes aparecieron recortados contra la luz de la luna, bajando a toda velocidad.
Entonces vi que Pew se daba cuenta de su error; intentó girar y correr hacia la cuneta, donde cayó rodando. Se levantó enseguida y siguió corriendo, pero ya estaba perdido, y vi cómo se cruzaba bajo las patas del primer caballo. El jinete intentó esquivarlo, pero fue imposible. Pew cayó lanzando un grito que resonó en el frío de la noche. Los cascos lo pisaron y lo arrastraron por el suelo, y el caballo siguió de largo. Allí quedó Pew, tendido de costado; luego se estremeció una vez, casi suavemente, y se quedó inmóvil.
Me puse de pie de un salto y llamé a los jinetes. Habían frenado, horrorizados por lo ocurrido, y los reconocí. Uno de ellos, que venía algo detrás, era el muchacho que los vecinos del caserío habían enviado a casa del doctor Livesey, y los otros eran agentes de Aduanas que había encontrado por el camino y con los que tuvo la buena idea de volver a toda prisa. El jefe, el superintendente Dance, había sido informado del lugre fondeado en la Cala de Kitt y por eso venían precisamente aquella noche hacia nuestra posada. Esa casualidad había salvado a mi madre y a mí de una muerte segura.
Pew estaba tan muerto como una piedra. A mi madre la llevamos al pueblo y, con un poco de agua fresca y unas sales, volvió en sí sin más consecuencias que el susto, aunque no paraba de lamentarse por no haber podido cobrar todo lo que el capitán le debía. El superintendente y sus hombres siguieron enseguida hacia la Cala de Kitt, pero tenían que bajar una barranca muy empinada y a oscuras, y, entre ir tanteando el terreno, desmontar de los caballos y tomar precauciones por si les tendían una emboscada, cuando llegaron al lugar el lugre ya había zarpado. Aun así, estaba todavía lo bastante cerca de la costa como para que el superintendente le ordenara que se rindieran. Pero una voz desde el barco le gritó que se apartara si no quería llevarse una bala, y no era difícil acertarle porque estaba bien iluminado por la luz de la luna. Al mismo tiempo sonó un disparo y una bala silbó junto a su brazo. El lugre dobló el cabo y desapareció. El señor Dance se quedó, como él mismo dijo, "como pez fuera del agua", y lo único que pudo hacer fue mandar a uno de sus hombres a Bristol para avisar al cúter que hacía de guardacostas.
-Da lo mismo -dijo-. Nos han engañado. Lo único que me consuela es haber acabado con ese canalla de Pew, del que ya conocía la historia por lo que tú me contaste.
Volvimos juntos a la "Almirante Benbow", y no hay palabras para describir el destrozo. Hasta nuestro viejo reloj estaba tirado en el suelo y toda la casa patas arriba; no habían dejado nada en su sitio buscando lo que querían. Aunque apenas se llevaron otra cosa que el dinero del capitán y unas monedas de plata que guardábamos en el mostrador, pensé que seguramente estábamos arruinados. El señor Dance tampoco podía creer lo que veía.
-¿No me dijiste que lo que querían era el dinero? Entonces, dime, Hawkins, ¿por qué han destrozado todo? ¿Estarían buscando más dinero?
-No, señor -le respondí-, creo que no buscaban dinero. Me parece que querían algo que yo llevo en el bolsillo, y, la verdad, me gustaría ponerlo en lugar seguro.
-Muy bien, muchacho -dijo-, haces bien. Si quieres, puedo guardarlo yo.
-Yo había pensado en el doctor Livesey... -empecé a decir.
-Muy bien -me interrumpió con mucha amabilidad-, muy bien. Es un caballero y además magistrado. Ahora que lo pienso, será mejor que vaya yo también a informarle de todo a él y al caballero. Ese tal Pew está bien muerto, y no es que lo lamente, pero siempre hay gente malintencionada dispuesta a aprovechar cualquier excusa para acusar a un oficial de Su Majestad. Así que escucha, Hawkins: creo que debes venir conmigo.
Le di las gracias por su propuesta y caminamos hasta el caserío, donde estaban los caballos. Casi antes de poder despedirme de mi madre, vi que todos estaban ya montados.
-Dogger -dijo el señor Dance-, tú, que tienes un buen caballo, lleva a este muchacho contigo.
Me subí y me agarré al cinturón de Dogger. Entonces el superintendente dio la señal y salimos al galope hacia la casa del doctor Livesey.