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TÍTULO : Aventuras de Robinson Crusoe
    (Modern Version)

AUTOR : Daniel Defoe

Nací en 1632 en la ciudad de York, en una buena familia, aunque no originaria de la región, ya que mi padre era un extranjero de Bremen que, al principio, se estableció en Hull. Allí logró hacerse con una considerable fortuna como comerciante y, después, dejó sus negocios y se fue a vivir a York, donde se casó con mi madre, que pertenecía a la familia Robinson, una de las buenas familias del condado, de la cual obtuve mi nombre, Robinson Kreutznaer. Pero, debido a la habitual alteración de las palabras que ocurre en Inglaterra, ahora nos llaman, y nosotros mismos nos llamamos y escribimos nuestro nombre, Crusoe; y así me han llamado siempre mis compañeros.
Tenía dos hermanos mayores. Uno de ellos fue coronel de un regimiento de infantería inglesa en Flandes, que antes había estado bajo el mando del célebre coronel Lockhart, y murió en la batalla de Dunkerque contra los españoles.
Lo que fue de mi segundo hermano, nunca lo supe, al igual que mi padre y mi madre tampoco supieron lo que fue de mí.
Brema (Bremen): Ciudad y puerto de Alemania a orillas del río Weser en el mar del Norte.
Hull (Kingston-Upon-Hull): Gran puerto pesquero y comercial de Gran Bretaña, junto al estuario del Humber.
Dunkerque: Ciudad y puerto de Francia en el mar del Norte donde, en 1658, el ejército español fue derrotado por los anglo-franceses.
Como yo era el tercer hijo de la familia y no me había formado en ningún oficio, desde muy pequeño me la pasaba divagando. Mi padre, que ya era muy anciano, me había dado una buena educación, tan buena como podía ser la educación en casa y en las escuelas rurales gratuitas, y su intención era que estudiara leyes. Pero nada me entusiasmaba tanto como el mar, y dominado por este deseo, me negaba a acatar la voluntad, o más bien las órdenes, de mi padre y a escuchar las súplicas y ruegos de mi madre y mis amigos. Parecía que había algo de fatalidad en esa inclinación natural que me llevaba a la vida de sufrimientos y miserias que habría de vivir.
Mi padre, un hombre prudente y sensato, me dio sabios y excelentes consejos para disuadirme de llevar a cabo lo que, adivinaba, era mi proyecto. Una mañana me llamó a su habitación, donde la gota lo tenía confinado, y me instó amorosamente, aunque con vehemencia, a abandonar esa idea. Me preguntó qué razones podía tener, aparte de una simple vocación de vagabundo, para abandonar la casa paterna y mi país natal, donde sería bien recibido y podría, con dedicación e industria, hacerme con una buena fortuna y vivir una vida cómoda y placentera. Me dijo que solo los hombres desesperados, por un lado, o extremadamente ambiciosos, por otro, se iban al extranjero en busca de aventuras, para mejorar su situación mediante grandes empresas o hacerse famosos realizando hazañas fuera de lo común; que yo estaba muy por encima o por debajo de esas cosas; que mi situación era la situación media, o lo que podría llamarse el nivel más alto de los niveles bajos, que, según su propia experiencia, era el mejor estado del mundo y el más apto para la felicidad, porque no estaba expuesto a las miserias, privaciones, trabajos ni sufrimientos del sector más bajo de la humanidad; ni a la vergüenza, el orgullo, el lujo, la ambición ni la envidia de los que pertenecían al sector más alto. Me dijo que podía juzgar por mí mismo la felicidad de este estado, al menos por un hecho; que este era un estado que el resto de las personas envidiaba; que los reyes a menudo se lamentaban de las consecuencias de haber nacido para grandes propósitos y deseaban haber nacido en el medio de los dos extremos, entre los humildes y los grandes; y que el sabio daba testimonio de esto, como el justo parámetro de la verdadera felicidad, cuando pedía no ser ni rico ni pobre.
Proverbios 30:8: "No me des pobreza ni riqueza."
Me instó a que me fijara y me diera cuenta de que los estados superiores e inferiores de la humanidad siempre sufrían calamidades en la vida, mientras que el estado medio padecía menos desastres y estaba menos expuesto a las vicisitudes que los estados más altos y los más bajos; que no sufría tantos desórdenes y molestias del cuerpo y el alma, como los que, por un lado, llevaban una vida llena de vicios, lujos y extravagancias, o los que, por el otro, sufrían por el trabajo excesivo, la necesidad y la falta o insuficiencia de alimentos y, luego, enfermaban por las consecuencias naturales del tipo de vida que llevaban; que el estado medio de la vida proporcionaba todo tipo de virtudes y placeres; que la paz y la plenitud estaban al servicio de una fortuna media; que la templanza, la moderación, la calma, la salud, la tranquilidad, todas las diversiones agradables y todos los placeres deseables eran las bendiciones que aguardaban a la vida en el estado medio; que, de este modo, los hombres pasaban tranquila y silenciosamente por el mundo y partían cómodamente de él, sin avergonzarse del trabajo realizado por sus manos o su mente, ni venderse como esclavos por el pan de cada día, ni padecer el agobio de las circunstancias adversas que le roban la paz al alma y el descanso al cuerpo; que no sufrían por la envidia ni la secreta quemazón de la ambición por las grandes cosas, sino que, en circunstancias agradables, pasaban suavemente por el mundo, saboreando a conciencia las dulzuras de la vida, y no sus amarguras, sintiéndose felices y dándose cuenta, por las experiencias de cada día, de que realmente lo son.
Después de esto, me rogó encarecidamente y de la manera más afectuosa posible que no actuara como un niño, que no me precipitara hacia las miserias de las que la naturaleza y el estado en el que había nacido me eximían. Me dijo que no tenía ninguna necesidad de buscarme el pan; que él sería bueno conmigo y me ayudaría en todo lo posible para que entrara felizmente en el estado de vida que me había estado aconsejando; y que si no me sentía feliz y cómodo en el mundo, sería simplemente por mi destino o por mi culpa; y que él no se haría responsable de nada porque ya había cumplido con su deber, advirtiéndome sobre acciones que, él sabía, podían perjudicarme. En pocas palabras, que así como sería bueno conmigo si me quedaba y me establecía en casa como él decía, de ninguna manera se haría partícipe de mis desgracias si yo decidía marcharme. Para finalizar, me dijo que tomara el ejemplo de mi hermano mayor, a quien había intentado disuadir inútilmente con los mismos argumentos para que no fuera a la guerra en los Países Bajos, quien no pudo resistir sus deseos juveniles y se alistó en el ejército, donde murió; que aunque no dejaría de orar por mí, se atrevía a decirme que si no desistía de dar un paso tan absurdo, no tendría la bendición de Dios; y que en el futuro tendría tiempo para pensar que no había seguido su consejo cuando tal vez ya no hubiera nadie que pudiera ayudarme.
Me di cuenta, en esta última parte de su discurso, que fue verdaderamente profético, aunque supongo que mi padre no lo sabía en ese momento; pude ver que por el rostro de mi padre corrían abundantes lágrimas, especialmente cuando hablaba de mi hermano muerto; y cuando me dijo que ya tendría tiempo para arrepentirme y que no habría nadie que pudiera ayudarme, estaba tan conmovido que se le quebró la voz y tenía el corazón tan oprimido que ya no pudo decir nada más.
Me sentí sinceramente emocionado por su discurso, ¿y quién no lo estaría?, y decidí no pensar más en viajar, sino en establecerme en casa, conforme a los deseos de mi padre. Pero, ¡ay!, a los pocos días cambié de opinión y, para evitar que mi padre siguiera insistiendo, unas semanas después decidí huir de casa. Sin embargo, no actué precipitadamente ni me dejé llevar por la urgencia de un primer impulso. Un día, me pareció que mi madre se sentía mejor de lo habitual y, llamándola aparte, le dije que era tan grande mi deseo de ver el mundo, que nunca podría dedicarme a otra cosa con la determinación necesaria para llevarla a cabo; que sería mejor que mi padre me diera su consentimiento a que me obligara a irme sin él; que tenía dieciocho años, por lo que ya era muy mayor para empezar como aprendiz de un oficio o como ayudante de un abogado; y que estaba seguro de que si lo hacía, nunca terminaría y, en poco tiempo, huiría de mi maestro para irme al mar. Le pedí que hablara con mi padre y lo persuadiera de dejarme hacer tan solo un viaje por mar. Si regresaba a casa porque no me gustaba, jamás volvería a marcharme y me esforzaría el doble para recuperar el tiempo perdido.
Estas palabras enfurecieron a mi madre. Me dijo que no tenía ningún sentido hablar con mi padre sobre ese asunto, pues él sabía muy bien cuál era mi interés en que diera su consentimiento para algo que podía perjudicarme tanto; que ella se preguntaba cómo podía pensar en algo así después de la conversación que había tenido con mi padre y de las expresiones de afecto y ternura que había utilizado conmigo; en pocas palabras, que si yo quería arruinar mi vida, ellos no tendrían forma de evitarlo, pero que estuviera seguro de que nunca tendría su consentimiento para hacerlo; y que, por su parte, no quería ser partícipe de mi destrucción para que nunca pudiera decirse que mi madre había accedido a algo a lo que mi padre se había opuesto.
Aunque mi madre se negó a decírselo a mi padre, supe después que se lo había contado todo y que mi padre, muy apenado, le dijo suspirando:
Ese chico sería feliz si se quedara en casa, pero si se marcha, será el más miserable y desgraciado de los hombres. No puedo darle mi consentimiento para esto.
En menos de un año me di a la fuga. Durante todo ese tiempo me mantuve obstinadamente sordo a cualquier proposición encaminada a que me asentara. A menudo discutía con mi padre y mi madre sobre su rígida determinación en contra de mis deseos. Pero, cierto día, estando en Hull, adonde había ido por casualidad y sin ninguna intención de fugarme; estando allí, como digo, uno de mis amigos, que se embarcaba rumbo a Londres en el barco de su padre, me invitó a acompañarlos, con el cebo del que ordinariamente se sirven los marineros, es decir, diciéndome que no me costaría nada el pasaje. No volví a consultar a mi padre ni a mi madre, ni siquiera les envié recado de mi decisión. Más bien, dejé que se enteraran como pudiesen y sin encomendarme a Dios o a mi padre, ni considerar las circunstancias o las consecuencias, me embarqué el primer día de septiembre de 1651, día funesto, ¡Dios lo sabe!, en un barco con destino a Londres. Creo que nunca ha existido un joven aventurero cuyos infortunios empezaran tan pronto y duraran tanto tiempo como los míos. Apenas la embarcación había salido del puerto, se levantó un fuerte vendaval y el mar comenzó a agitarse con una violencia aterradora. Como nunca antes había estado en el mar, empecé a sentir un malestar en el cuerpo y un terror en el alma muy difíciles de expresar. Comencé entonces a pensar seriamente en lo que había hecho y en que estaba siendo justamente castigado por el Cielo por abandonar la casa de mi padre y mis obligaciones. De repente recordé todos los buenos consejos de mis padres, las lágrimas de mi padre y las súplicas de mi madre. Mi corazón, que aún no se había endurecido, me reprochaba por haber desobedecido a sus advertencias y haber olvidado mi deber hacia Dios y hacia mi padre.
Mientras tanto, la tormenta arreciaba y el mar, en el que no había estado nunca antes, se encrespó muchísimo, aunque nada comparado con lo que he visto otras veces desde entonces; no, ni con lo que vi pocos días después. Sin embargo, era suficiente para asustarme, pues entonces apenas era un joven navegante que jamás había visto algo así. A cada ola, esperaba que el mar nos tragara y cada vez que el barco caía en lo que a mí me parecía el fondo del mar, pensaba que no volvería a salir a flote. En esta agonía física y mental, hice muchas promesas y resoluciones. Si Dios quería salvarme la vida en este viaje, si volvía a pisar tierra firme, me iría directamente a casa de mi padre y no volvería a montarme en un barco mientras viviese; seguiría sus consejos y no volvería a verme sumido en la miseria. Ahora veía claramente la bondad de sus argumentos a favor del estado medio de la vida y lo fácil y confortablemente que había vivido sus días, sin exponerse a tempestades en el mar ni a problemas en la tierra. Decidí que, como un verdadero hijo pródigo arrepentido, iría a la casa de mi padre.
Estos pensamientos sabios y prudentes me acompañaron lo que duró la tormenta, incluso un tiempo después. No obstante, al día siguiente, el viento menguó, el mar se calmó y yo comenzaba a acostumbrarme al barco. Estuve bastante circunspecto todo el día porque aún me sentía un poco mareado, pero hacia el atardecer, el tiempo se despejó, el viento amainó y siguió una tarde encantadora. Al ponerse el sol, el cielo estaba completamente despejado y así siguió hasta el amanecer. No había viento, o casi nada, y el sol se reflejaba luminoso sobre la tranquila superficie del mar. En estas condiciones, disfruté del espectáculo más deleitoso que jamás hubiera visto.
Había dormido bien toda la noche y ya no estaba mareado sino más bien animado, contemplando con asombro el mar, que había estado tan agitado y terrible el día anterior, y que, en tan poco tiempo, se había tornado apacible y placentero. Entonces, como para evitar que prosiguiera en mis buenos propósitos, el compañero que me había incitado a partir se me acercó y me dijo:
Bueno, Bob -dijo dándome una palmada en el hombro-, ¿cómo te sientes después de esto? Estoy seguro de que anoche, cuando apenas soplaba una ráfaga de viento, estabas asustado, ¿no es cierto?
¿Llamarías a eso una ráfaga de viento? -dije yo-, aquello fue una tormenta terrible. ¿Una tormenta, tonto? -me contestó-, ¿llamas a eso una tormenta? Pero si no fue nada; teniendo un buen barco y estando en mar abierto, no nos preocupamos por una borrasca como esa. Lo que pasa es que no eres más que un marinero de agua dulce, Bob. Ven, vamos a preparar una jarra de ponche y olvidémoslo todo. ¿No ves qué tiempo maravilloso hace ahora?
Para abreviar esta penosa parte de mi relato, diré que hicimos lo que habitualmente hacen los marineros. Preparamos el ponche y me emborraché y, en esa noche de borrachera, ahogué todo mi remordimiento, mis reflexiones sobre mi conducta pasada y mis resoluciones para el futuro. En pocas palabras, a medida que el mar se calmaba después de la tormenta, mis atropellados pensamientos de la noche anterior comenzaron a desaparecer y fui perdiendo el temor a ser tragado por el mar. Entonces, retornaron mis antiguos deseos y me olvidé por completo de las promesas que había hecho en mi desesperación. Aún tuve algunos momentos de reflexión en los que procuraba recobrar la sensatez pero, me sacudía como si de una enfermedad se tratase. Dedicándome de lleno a la bebida y a la compañía, logré vencer esos ataques, como los llamaba entonces, y en cinco o seis días logré una victoria total sobre mi conciencia, como lo habría deseado cualquier joven que hubiera decidido no dejarse abatir por ella. Pero aún me faltaba superar otra prueba y la Providencia, como suele hacer en estos casos, decidió dejarme sin la menor excusa. Si no había tomado lo sucedido como una advertencia, lo que vino después, fue de tal magnitud, que hasta el más implacable y empedernido miserable habría advertido el peligro y habría implorado misericordia.
Al sexto día de navegación, llegamos a las radas de Yarmouth. Como el viento había estado contrario y el tiempo tan calmado, habíamos avanzado muy poco después de la tormenta. Allí tuvimos que anclar y allí permanecimos, mientras el viento seguía soplando contrario, es decir, del sudoeste, a lo largo de siete u ocho días, durante los cuales, muchos barcos de Newcastle llegaron a las mismas radas, que eran una bahía en la que los barcos, habitualmente, esperaban a que el viento soplara favorablemente para pasar el río.
Yarmouth (Great Yarmouth): Ciudad y puerto de Inglaterra.

Sin embargo, nuestra intención no era permanecer allí tanto tiempo, sino remontar el río. Pero el viento comenzó a soplar fuertemente y, al cabo de cuatro o cinco días, continuó haciéndolo con mayor intensidad. No obstante, las radas se consideraban un lugar tan seguro como los puertos, estábamos bien anclados y nuestros aparejos eran resistentes, por lo que nuestros hombres no se preocupaban ni sentían el más mínimo temor; más bien, se pasaban el día descansando y divirtiéndose del modo en que lo hacen los marineros. En la mañana del octavo día, el viento aumentó y todos pusimos manos a la obra para nivelar el mástil y aparejar todo para que el barco resistiera lo mejor posible. Al mediodía, el mar se levantó tanto, que el castillo de proa se sumergió varias veces y en una o dos ocasiones pensamos que se nos había soltado el ancla, por lo que el capitán ordenó que echáramos la de emergencia para sostener la nave con dos anclas a proa y los cables estirados al máximo.
Se desató una terrible tempestad y, entonces, empecé a vislumbrar el terror y el asombro en los rostros de los marineros. El capitán, aunque estaba al tanto de las maniobras para salvar el barco, mientras entraba y salía de su camarote, que estaba junto al mío, murmuraba para sí: "Señor, ten piedad de nosotros, es el fin, estamos perdidos", y cosas por el estilo. Durante estos primeros momentos de apuro, me comporté estúpidamente, paralizado en mi cabina, que estaba en la proa; no soy capaz de describir cómo me sentía. Apenas podía volver a asumir el primer remordimiento, del que, aparentemente, me había liberado y contra el que me había empecinado. Pensé que había superado el temor a la muerte y que esto no sería nada, como la primera vez, pero cuando el capitán se me acercó, como acabo de decir, y dijo que estábamos perdidos, me sentí aterrorizado. Me levanté, salí de mi camarote y miré a mi alrededor; nunca había visto un espectáculo tan desolador. Las olas se elevaban como montañas y nos abatían cada tres o cuatro minutos; lo único que podía ver a mi alrededor era desolación. Dos barcos que estaban cerca del nuestro habían tenido que cortar sus mástiles a la altura del puente, para no hundirse por el peso, y nuestros hombres gritaban que un barco, que estaba fondeado a una milla de nosotros, se había hundido. Otros dos barcos que se habían zafado de sus anclas eran peligrosamente arrastrados hacia el mar sin siquiera un mástil. Los barcos livianos resistían mejor porque no sufrían tanto los embates del mar, pero dos o tres de ellos se fueron a la deriva y pasaron cerca de nosotros, con solo el foque al viento.
Hacia la tarde, el piloto y el contramaestre le pidieron al capitán de nuestro barco que les permitiera cortar el palo del trinquete, a lo que el capitán se negó. Pero cuando el contramaestre protestó diciendo que si no lo hacían, el barco se hundiría, accedió. Cuando cortaron el palo, el mástil se quedó tan al descubierto y desestabilizó la nave de tal modo, que se vieron obligados a cortarlo también y dejar la cubierta totalmente arrasada.
Milla: Medida itineraria que se utiliza en el mar y en la tierra. Una milla terrestre equivale a 1.609,34 metros. Una milla marítima, también llamada nudo, equivale a 1.851,66 metros.
Foque: Nombre común que se les da a todas las velas triangulares que se orientan y amuran sobre el bauprés.
Palo de trinquete: Palo más próximo a la proa. También se llama trinquete a la vela que va en ese palo.

Cualquiera podría imaginarse cómo me sentía en este momento, pues no era más que un aprendiz de marinero, que tan solo unos días antes se había aterrorizado ante muy poca cosa. Pero si me es posible expresar, al cabo de tanto tiempo, lo que pensaba entonces, diré que estaba diez veces más asustado por haber abandonado mis resoluciones y haber retomado mis antiguas convicciones, que por el peligro de muerte ante el que me encontraba. Todo esto, sumado al terror de la tempestad, me puso en un estado de ánimo que no podría describir con palabras. Pero aún no había ocurrido lo peor, pues la tempestad se ensañaba con tal furia que los propios marineros admitían que nunca habían visto una peor. Teníamos un buen barco pero llevábamos demasiado peso y esto lo hacía bambolearse tanto, que los marineros, a cada rato, gritaban que se iría a pique. Esto obraba a mi favor porque no sabía lo que quería decir "irse a pique" hasta que lo pregunté. La tempestad arreciaba tanto que pude ver algo que no se ve muy a menudo: el capitán, el contramaestre y algunos otros más sensatos que los demás, se pusieron a rezar, esperando que, de un momento a otro, el barco se hundiera. A medianoche, y para colmo de nuestras desgracias, uno de los hombres que había bajado a ver la situación, gritó que teníamos una grieta y otro dijo que teníamos cuatro pies de agua en la bodega. Entonces nos llamaron a todos para poner en marcha la bomba. Al oír esta palabra, pensé que me moría y caí de espaldas sobre uno de los costados de mi cama, donde estaba sentado. Sin embargo, los hombres me levantaron y me dijeron que, ya que no había hecho nada antes, que muy bien podía ayudar con la bomba como cualquiera de ellos. Al oír esto, me levanté rápidamente, me dirigí a la bomba y me puse a trabajar con todas las fuerzas de mi corazón. Mientras tanto, el capitán había divisado unos pequeños barcos carboneros que no podían resistir la tormenta anclados y tuvieron que lanzarse al mar abierto. Cuando pasaron cerca de nosotros, ordenó disparar un cañonazo para pedir socorro. Yo, que no tenía idea de lo que eso significaba, me sorprendí tanto que pensé que el barco se había quebrado o que algo espantoso había ocurrido. En pocas palabras, me sorprendió tanto que me desmayé. En ese momento, cada cual velaba por su propia vida, de modo que nadie se preocupó por mí o por lo que pudiera pasarme. Un hombre se acercó a la bomba y apartándome con el pie, me dejó allí tendido, pensando que había muerto; y pasó un buen rato antes de que recuperara el sentido.
Pie: Medida de longitud que equivale a 30,48 centímetros.
Seguimos trabajando pero el agua no cesaba de entrar en la bodega y era evidente que el barco se hundiría. Aunque la fuerza de la tormenta comenzó a disminuir un poco, no era posible que el barco pudiera llegar a puerto, por lo que el capitán siguió disparando cañonazos en señal de auxilio. Un barco pequeño, que se había soltado justo delante de nosotros, envió un bote para rescatarnos. Con gran dificultad, el bote se aproximó a nosotros pero no podía mantenerse cerca del barco ni nosotros subir a bordo. Por fin, los hombres que iban en el bote comenzaron a remar con todas sus fuerzas, arriesgando su vida para salvarnos, y nuestros hombres les lanzaron un cable con una boya por popa. Después de muchas dificultades, pudieron asirlo y así los acercamos hasta la popa y conseguimos subir a bordo. Ni ellos ni nosotros le vimos ningún sentido a tratar de llegar hasta su nave así que acordamos dejarnos llevar por la corriente, limitándonos a enderezar el bote hacia la costa lo más que pudiéramos. Nuestro capitán les prometió que, si el bote se destrozaba al llegar a la orilla, él se haría cargo de indemnizar a su capitán. Así, pues, con la ayuda de los remos y la corriente, nuestro bote fue avanzando hacia el norte, en dirección oblicua a la costa, hasta Winterton Ness.
Winterton Ness: Cabo del mar del Norte, a dos kilómetros de Winterton, en el condado de Norfolk.
No había transcurrido mucho más de un cuarto de hora desde que abandonáramos nuestro barco, cuando lo vimos hundirse. Entonces comprendí, por primera vez, lo que significa "irse a pique". Debo reconocer que no pude levantar la vista cuando los marineros me dijeron que se estaba hundiendo. Desde el momento en que me subieron en el bote, porque no puedo decir que yo lo hiciera, sentía que mi corazón estaba como muerto dentro de mí, en parte por el miedo y en parte por el horror de lo que según pensaba aún me aguardaba.
Mientras estábamos así, los hombres seguían remando para acercar el bote a la costa y podíamos ver, cuando subíamos a la cresta de una ola, que había un montón de gente en la orilla, corriendo de un lado a otro para socorrernos cuando llegáramos. Pero nos movíamos muy lentamente y no nos acercamos a la orilla hasta pasado el faro de Winterton, donde la costa hace una entrada hacia el oeste en dirección a Cromer. Allí, la tierra nos protegía del viento y pudimos llegar a la orilla. Con mucha dificultad, desembarcamos a salvo y, después, fuimos andando hasta Yarmouth, donde, como a hombres desafortunados que éramos, nos trataron con gran humanidad; desde los magistrados del pueblo, que nos proveyeron buen alojamiento, hasta los comerciantes y dueños de barcos, que nos dieron suficiente dinero para llegar a Londres o Hull, según lo deseáramos.
Si hubiese tenido la sensatez de regresar a Hull y volver a casa, habría sido feliz y mi padre, como emblema de la parábola de nuestro bendito Redentor, habría matado su ternero más cebado en mi honor, pues pasó mucho tiempo desde que se enteró de que el barco en el que me había escapado se había hundido en la rada de Yarmouth, hasta que supo que no me había ahogado. Sin embargo, mi cruel destino me empujaba con una obstinación que no cedía ante nada. Aunque muchas veces sentí los llamados de la razón y el buen juicio para que regresara a casa, no tuve la fuerza de voluntad para hacerlo. No sé cómo definir esto, ni me atrevo a decir que se trata de una secreta e inapelable sentencia que nos empuja a obrar como instrumentos de nuestra propia destrucción y abalanzarnos hacia ella con los ojos abiertos, aunque la tengamos de frente. Ciertamente, solo una desgracia semejante, insoslayable por decreto y de la que en modo alguno podía escapar, pudo haberme obligado a seguir adelante, en contra de los serenos razonamientos y avisos de mi conciencia y de las dos advertencias que había recibido en mi primera experiencia.
Mi compañero, que antes me había ayudado a fortalecer mi decisión y que era hijo del capitán, estaba menos decidido que yo. La primera vez que me habló, que no fue hasta pasados tres o cuatro días de nuestro desembarco en Yarmouth, puesto que en el pueblo nos separaron en distintos alojamientos; como decía, la primera vez que me vio, me pareció notar un cambio en su tono. Con un aspecto melancólico y un movimiento de cabeza me preguntó cómo estaba, le dijo a su padre quién era yo y le explicó que había hecho este viaje a modo de prueba para luego embarcarme en un viaje más largo. Su padre se volvió hacia mí con un gesto de preocupación:
-Muchacho -me dijo-, no debes volver a embarcarte nunca más. Debes tomar esto como una señal clara e irrefutable de que no podrás ser marinero.
-Pero señor -le dije-, ¿acaso no pensáis volver al mar?
-Mi caso es diferente -dijo él-, esta es mi vocación y, por lo tanto, mi deber. Mas, si tú has hecho este viaje como prueba, habrás visto que el cielo te ha dado muestras suficientes de lo que te espera si insistes. Tal vez esto nos haya pasado por tu culpa, como pasó con Jonás en el barco que lo llevaba a Tarsis. Pero dime, por favor, ¿quién eres y por qué te has embarcado?
Entonces, le relaté parte de mi historia, al final de la cual, estalló en un extraño ataque de cólera y dijo:
-¿Qué habré hecho yo para que semejante infeliz se montara en mi barco? No pondría un pie en el mismo barco que tú otra vez ni por mil libras esterlinas.
Esto fue, como pensaba, una explosión de sus emociones, aún alteradas por la sensación de pérdida, que había rebasado los límites de su autoridad hacia mí. Sin embargo, luego habló serenamente conmigo, me exhortó a que regresara junto a mi padre y no volviera a desafiar a la Providencia, ya que podía ver claramente que la mano del cielo había caído sobre mí.
-Y, muchacho -dijo-, ten en cuenta lo que te estoy diciendo. Si no regresas, a donde quiera que vayas solo encontrarás desastres y decepciones hasta que se hayan cumplido cabalmente las palabras de tu padre.
Poco después nos separamos sin que yo pudiese contestarle gran cosa y no volví a verlo; hacia dónde fue, no lo sé. Por mi parte, con un poco de dinero en el bolsillo, viajé a Londres por tierra y allí, lo mismo que en el transcurso del viaje, me debatí sobre el rumbo que debía tomar mi vida: si debía regresar a casa o al mar.
Respecto a volver a casa, la vergüenza me hacía rechazar mis buenos impulsos e inmediatamente pensé que mis vecinos se reirían de mí y que me daría vergüenza presentarme, no solo ante mis padres, sino ante el resto del mundo. En este sentido, y desde entonces, he observado lo incongruentes e irracionales que son los seres humanos, especialmente los jóvenes, frente a la razón que debe guiarlos en estos casos; es decir, que no se avergüenzan de pecar sino de arrepentirse de su pecado; que no se avergüenzan de hacer cosas por las que, legítimamente, serían tomados por tontos, sino de retractarse, por lo que serían tomados por sabios.
En este estado permanecí un tiempo, sin saber qué medidas tomar ni por dónde encaminar mi vida. Aún me sentía renuente a volver a casa y, a medida que demoraba mi decisión, se iba disipando el recuerdo de mis desgracias, lo cual, a su vez, hacía disminuir aún más mis débiles intenciones de regresar a casa. Finalmente, me olvidé de ello y me dispuse a buscar la forma de viajar.

(Continuará)